La naturaleza que habito, la que habita en mí

Por Mireya Sarahí Abarca Cedeño/// Ágora Digital
- «El espíritu de solidaridad humana y de afinidad con toda la vida se fortalece cuando vivimos con reverencia ante el misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza» Carta de la Tierra
Colima, Col,(28-03- 2025).-Escribir sobre la esperanza desde un lugar llamado desesperanza (o quizá desde la calle Melancolía, esa que nombra Sabina) hace que se busque en lo profundo de la historia, personal y humana, esos destellos de bienestar o anécdotas de ilusión que proporcionen un suelo firme. Las noticias de dolor o incertidumbre se agolpan a menudo como realidades que transgreden el optimismo y nos recuerdan que vivir no es sencillo. Este no es un texto de aliento, es un suspiro personal que busca reflexionar, desde lo que nos rodea y nos habita, dónde residen las posibilidades de encontrarnos de nuevo con la vida.
La naturaleza, y con ella la vida, nos acompaña a cada paso, aun cuando nos hemos esforzado en distanciarnos de ella. Está en la memoria de aquellos días de infancia en los que el cuerpo se cubría de tierra sin miedo, en el sonido del viento que se cuela por las ventanas de la ciudad y en la lluvia que nos recuerda que hay un ciclo mayor del que formamos parte. La naturaleza habita en nosotros tanto como nosotros en ella, pero a veces olvidamos su latido porque el ruido del mundo contemporáneao nos distrae.
¿De dónde surge la esperanza y la desesperanza?
La desesperanza puede nacer del desarraigo, de la sensación de estar desconectados (o querer estarlo) del entorno, de los otros y de nosotros mismos. En cambio, la esperanza parece crecer en los espacios donde aún hay vínculos, donde se conserva la capacidad de asombro y en donde la belleza de lo simple no ha sido desplazada por la urgencia de lo inmediato. La naturaleza es, muchas veces, ese territorio de reconciliación: nos devuelve la perspectiva, nos obliga a bajar el ritmo y a escuchar de nuevo.
Cuando sentimos agotamiento, salir a caminar con pies descalzos sobre la hierba o sumergirlos en el agua fría de un río, nos recuerda que estamos vivos. Cuando el ruido interno se vuelve insoportable, el susurro del viento entre los árboles o el canto de un pájaro al amanecer nos devuelve la calma. La naturaleza tiene la capacidad de sostenernos incluso cuando creemos haberlo perdido todo, porque su existencia es prueba de que la vida sigue su curso, con o sin nosotros, y en ese fluir hay algo profundamente esperanzador.
¿Qué nos conecta con lo humano y cómo reconectar?
La Iglesia también dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios, “amarás a la Naturaleza de la que formas parte”. Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma. Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados porque ellos se desesperaron de tanto esperar y ellos se perdieron por tanto buscar. Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de belleza y voluntad de justicia, hayan nacido cuando hayan nacido y hayan vivido donde hayan vivido, sin que importe ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo.
Eduardo Galeano, Derecho al delirio (fragmento).
El alejamiento de la naturaleza ha traído consigo una desconexión más profunda: la de nuestra propia humanidad. El ritmo acelerado, la virtualidad de las interacciones y la falta de tiempo para detenernos a mirar, escuchar y sentir, nos ha convertido en extraños de nuestra propia existencia. ¿Cómo reencontrarnos en medio de este laberinto?
Quizá la clave esté en recuperar los pequeños rituales que hemos olvidado pero que permanecen a nuestro alcance: tocar la tierra con las manos; sembrar algo y verlo crecer; caminar sin prisa; respirar con intención; permitir que el cuerpo recuerde lo que es moverse en espacios abiertos y en libertad. Tal vez, al hacerlo, rescatemos también el vínculo con los otros, con quienes comparten el mismo suelo, el mismo duelo, el mismo aire y la misma necesidad de pertenecer a comunidades auténticas.
La esperanza nace en la mirada cómplice de quien comparte el mismo anhelo, en la conversación que transforma, en el gesto solidario que rompe la barrera del aislamiento. Cuando nos vinculamos con otros, cuando nos permitimos escuchar y ser escuchados, la desesperanza se disipa y surge una fuerza renovadora. Es en la comunidad, en esa charla con un amigo o en ese abrazo que acompaña y que contiene, donde se redescubre el significado de pertenencia, donde la carga se vuelve más ligera porque se comparte.
Reconstruir la esperanza implica reconocernos en el otro, comprender que nuestras historias, aunque distintas, se entrelazan en la búsqueda de sentido y en la necesidad de sostenernos mutuamente. En una época donde la individualidad parece imperar, la verdadera resistencia está en la construcción de redes de afecto, en el compromiso de cuidar y de ser cuidados. En última instancia, la esperanza es un tejido que se fortalece con cada encuentro, con cada palabra compartida, con cada acto que nos recuerda que no estamos solos en este viaje.
Reconectar… con la esperanza, con la vida
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al Sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: –Ayúdame a mirar.
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos (fragmento).
En tiempos donde todo parece fugaz y frágil, la naturaleza sigue siendo el refugio donde podemos encontrar algo de permanencia. Su sabiduría nos enseña que todo tiene un ciclo, que hay tiempos de espera y de florecimiento, de quietud y de expansión. Nos recuerda que no todo necesita una solución inmediata y que hay procesos que solamente se comprenden con paciencia. No podemos acelerar el florecer de un capullo, por más que nos emocione y apremie el gusto por ver la flor.
Reconectar con la naturaleza es también un acto de resistencia. Frente a la prisa: la pausa. Frente a la desesperanza: la certeza de que el mundo sigue respirando, de que hay raíces profundas sosteniéndonos incluso cuando no las vemos. Habitar la naturaleza y permitir que ella nos habite es quizás la manera más sencilla de volver a casa, de recordar que aún hay suelo firme bajo nuestros pies y cielo abierto encima para nuestra ilusión.
Buscar momentos de contacto directo con la naturaleza nos permite reconectar con el presente. Saborear una jugosa fruta, sentir la brisa del mar en nuestro rostro o simplemente respirar profundo al aire libre, nos devuelve la sensación de conexión. Plantar una semilla y cuidar de ella es una forma de involucrarnos activamente en el ciclo de la vida. Cultivar una planta, un árbol o un pequeño huerto nos recuerda que todo proceso requiere paciencia, cuidado y dedicación.
O quizá pueda ser algo más simple: recordarnos que nos podemos sorprender con las fantásticas formas de las nubes, con los palpitantes colores del atardecer o con la majestuosidad de las olas del mar. Desconectarnos del ruido digital y observar el mundo real abre nuestros sentidos a lo que ocurre a nuestro alrededor y nos ayuda a recuperar la capacidad de asombro. Dedicar tiempo sin pantallas nos permite redescubrir la belleza de lo simple y hacer pausas conscientes para frenar la velocidad de lo cotidiano. Observar las estrellas, escuchar los sonidos del entorno o sencillamente sentir el viento en la piel reequilibra la mente y el cuerpo, devolviéndonos a la calma.
Construir comunidad desde la naturaleza es nutrir raíces compartidas en un suelo que nos une. Caminar junto a otros, respirar un mismo paisaje o cuidar colectivamente de un jardín son gestos sencillos pero poderosos que nos devuelven la certeza de no estar solos. En esos espacios compartidos, la esperanza florece, se extiende y se sostiene. Porque la naturaleza, cuando se vive en comunidad, además de reconectarnos con la tierra que pisamos y sobre la que vivimos, también nos reconcilia con lo más humano de nosotros mismos: el deseo de vivir con sentido, acompañados y en armonía.
En memoria de aquel joven que se despidió demasiado pronto de esta vida. Desde la melancolía que deja su ausencia y con la esperanza profunda de que ningún otro chico o chica tenga que partir de ese modo. Que su vida sea un recuerdo amoroso y luminoso para quienes compartieron su camino.

Más información
- Carta de la Tierra. https://cartadelatierra.org/lea-la-carta-de-la-tierra/
- Eduardo Galeano. Derecho al delirio. https://redbioetica.com.ar/eduardo-galeano-derecho-al-delirio/
- Eduardo Galeano. El libro de los abrazos. https://shre.ink/MjV1
La autora es profesora e investigadora de la Universidad de Colima. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Sus líneas de investigación son: procesos y prácticas educativas, educación e intervención en contextos comunitarios y desarrollo saludable.