Jugar es existir: la infancia y su derecho a la aventura
Por Mireya Sarahí Abarca Cedeño/// Ágora Digital
Colima, Col,(28-02-2025).-Jugar es la primera forma en la que exploramos el mundo, descubrimos quiénes somos y aprendemos a habitarlo. En cada carrera descalzos sobre el pasto o la tierra, en cada escondite improvisado, en cada historia inventada bajo la sombra de un árbol, la infancia se expresa: libertad y autenticidad, un par de palabras que nos provocan un suspiro. El juego no es un pasatiempo, es un derecho fundamental, un espacio de vida donde niños y niñas se aventuran a descubrir, experimentar y a comprender la vida. Lamentablemente, en una sociedad que enfatiza la productividad y la “responsabilidad” por encima de la espontaneidad y de la creatividad, el juego ha sido relegado, encasillado en horarios, restringido a actividades controladas generalmente por personas adultas o reemplazado, vaya tragedia, por pantallas.
¿A dónde se ha ido la infancia que corre sin prisa y explora sin miedo? Recuperar el juego libre y el contacto con la naturaleza no sólo es necesario para el bienestar de las y los pequeños, sino también para la construcción de una sociedad más creativa, sana y humana. Jugar es existir, así como permitir que la infancia conserve su derecho a la aventura, es una responsabilidad de todas las personas.
Si cerramos los ojos por un momento y regresamos a nuestra infancia, seguramente aparecerán imágenes llenas de movimiento, de risas, de actividad física y de exploración. El sonido del agua de un río, la sensación de la tierra húmeda entre los dedos, la emoción de trepar un árbol en compañía de nuestros amigos o conquistar una gran ola en el mar. El juego, especialmente aquel que ocurre en espacios abiertos y en contacto con la naturaleza, no sólo es un recuerdo entrañable, sino una parte esencial de nuestra formación como seres humanos.
Sin embargo, las infancias han cambiado. En las últimas décadas, la forma en que los niños y las niñas juegan se ha transformado drásticamente. La urbanización con su respectiva pérdida de espacios libres y seguros para explorar, la sobreprotección, el uso excesivo de pantallas y la sobrecarga de actividades estructuradas, han reducido tanto el tiempo como el espacio que antes se dedicaba al juego libre. Esto no solamente afecta la creatividad y la autonomía, sino que también tiene un impacto en el bienestar emocional, generando infancias más ansiosas y menos conectadas con el entorno y con otros individuos.
Jugamos porque es nuestro derecho
Francesco Tonucci, pedagogo y defensor del derecho al juego, nos recuerda que jugar no es un privilegio, sino un derecho fundamental de la infancia. Para él, el juego libre y espontáneo es la mejor forma de aprendizaje, ya que permite explorar el mundo, poner a prueba las habilidades y desarrollar la creatividad sin la intervención constante de las personas adultas.
En su libro La ciudad de los niños, Tonucci insiste en que niños y niñas necesitan espacios seguros, pero no hipercontrolados, donde puedan experimentar la autonomía sin miedo al peligro o al fracaso. Sin embargo, la sociedad moderna ha ido restringiendo estos espacios, limitando la libertad para descubrir su entorno de manera natural. Como consecuencia, las calles vacías de infancia y los parques con juegos reglamentados han reemplazado la riqueza de los espacios de juego improvisados, donde la imaginación dictaba las reglas.
¿Cómo imaginas que habría sido tu infancia si quitaras todas esas experiencias vinculadas a los espacios abiertos y de encuentro con tus amigos y amigas?
Jugamos por salud y para conectar con otras personas
El juego libre es un pilar esencial para el bienestar socioemocional. A través de él, niños y niñas aprenden a gestionar emociones, a resolver conflictos y a construir relaciones significativas. En un mundo donde las interacciones se trasladan cada vez más a las pantallas, el juego en comunidad se vuelve un espacio indispensable para el desarrollo de la empatía, de la comunicación y de la cooperación.
La falta de actividad lúdica en la infancia no afecta únicamente el desarrollo individual, sino que tiene un impacto indeleble en la forma en que construimos comunidades. El juego enseña a compartir, a negociar reglas, a trabajar en equipo, así como a resolver diferencias sin la intervención de los adultos. Son en estos espacios lúdicos donde se crean los primeros lazos de amistad y se construyen relaciones que fomentan la identidad, el sentido de pertenencia y de colectividad. Una infancia con oportunidades de juego libre contribuye a una sociedad más colaborativa y menos individualista.
¿Te imaginas tu infancia sin esos momentos de risas en compañía de tus mejores amigos y amigas?
¿Qué precio estamos pagando por dejar de jugar?
En el libro La generación ansiosa, Jonathan Haidt señala que la infancia actual está marcada por niveles alarmantes de ansiedad, de frustración e inseguridad. La presión por el rendimiento académico, la falta de tiempo libre y el aislamiento digital han provocado más estrés y menos resiliencia. Y en el centro de esta crisis se encuentra la pérdida del juego libre.
El juego, además de ser una actividad placentera, es un mecanismo natural de regulación emocional: se aprende a manejar emociones, a resolver conflictos y a enfrentar desafíos. Cuando se priva de este espacio de exploración, se pierde una de las herramientas más poderosas para el desarrollo emocional y social.
¿Sustituirías una tarde de charla y risas al lado de tus seres queridos por un maratón de videos aleatorios y ajenos en soledad?
Florecer jugando en la naturaleza
El juego al aire libre, en especial en entornos naturales, potencia los beneficios del juego en la infancia. Richard Louv, en Los últimos niños en el bosque, describe cómo la desconexión de la naturaleza afecta el desarrollo cognitivo y emocional, reduciendo la capacidad de atención, aumentando la ansiedad y limitando la creatividad. La naturaleza ofrece un espacio de juego sin restricciones, donde se puede trepar, correr, explorar y asumir pequeños riesgos que fortalecen la autonomía y la confianza en uno mismo.
Francesco Tonucci refuerza esta idea al señalar que el entorno natural es un maestro silencioso, que enseña sin imponer y permite el aprendizaje a través de la experiencia directa. Una niña o un niño que construye un castillo de arena está jugando, sí, a la vez que está explorando principios físicos, desarrollando su coordinación motriz fina y estimulando su imaginación.
¿Qué imágenes vienen a ti de tu propia infancia al escuchar los sonidos de las olas del mar?
Dejar ser, dejar jugar: la infancia en su esencia
La pregunta entonces es: ¿qué podemos hacer para devolverles a los niños y a las niñas el derecho a jugar libremente? Primero, es necesario replantear la idea de seguridad en la infancia. Un niño, una niña, que nunca se ensucia, que nunca trepa un árbol o que nunca se enfrenta a un reto físico, está perdiendo oportunidades esenciales de aprendizaje y de crecimiento. La seguridad no debe confundirse con sobreprotección.
En segundo lugar, es fundamental reducir la sobrecarga de actividades estructuradas. Un horario saturado de clases, tareas y actividades extracurriculares puede parecer enriquecedor, pero deja poco espacio para la exploración y el descanso que niños y niñas requieren. El juego libre no debe verse como un tiempo desperdiciado, sino como un espacio de aprendizaje y desarrollo.
Además, es necesario que las ciudades y comunidades se replanteen el diseño de sus espacios para que los pequeños puedan recuperar su lugar en ellos. Menos autos y más parques accesibles; menos pantallas y más espacios verdes; menos vigilancia y más confianza en su capacidad de descubrir el mundo por sí mismos. Cuando los niños tienen la oportunidad de recrearse libremente en sus comunidades, se fortalecen los lazos sociales y se crean espacios más seguros, inclusivos y divertidos.

Devolvámosle a la infancia su derecho a jugar
Jugar es mucho más que una simple actividad infantil. Es una forma de aprender, de descubrir, de conectarse con el mundo y con los demás. Es un derecho que, como personas adultas, debemos proteger y fomentar. La infancia no necesita más pantallas, más clases o más supervisión; necesita más libertad, más naturaleza y más espacios para imaginar. Porque cuando los niños y las niñas juegan, el mundo se llena de posibilidades. Y en esas posibilidades está, ni más ni menos, el futuro.
Fortalezcamos esta labor creando espacios libres para el juego; no se trata de eliminar los riesgos, sino de ofrecer entornos donde los infantes puedan explorar sin una vigilancia excesiva. Un parque, un jardín o incluso un patio trasero pueden ser escenarios perfectos para la imaginación y para la aventura. También es importante recuperar el acceso a espacios verdes y fomentar experiencias al aire libre, desde caminatas en el campo o en la playa hasta tardes jugando simplemente en el parque.
Y algo muy importante: recordemos que el ejemplo es el mejor maestro. Como adultos podemos involucrarnos activamente en el juego de los niños, no para dirigirlo, sino para compartir el momento. A través de la interacción lúdica, se fortalecen los vínculos afectivos y se construyen recuerdos significativos. Para nosotros también es un reto dejar pantallas y detener el trabajo por un momento, pero las experiencias que se construyen desde la convivencia son invaluables e inolvidables.
Recuperar el juego libre es una tarea urgente y colectiva, porque en cada infancia que juega, hay una sociedad que aprende a imaginar y a vivir con mayor plenitud.
Más información
- Francesco Tonucci. (2015). La ciudad de los niños. Un modo nuevo de pensar la ciudad. Editorial Grao.
- Jonathan Haidt. (2024). La generación ansiosa. Paidós.
- Richard Louv. (2005). Los últimos niños en el bosque. Capitán Swing.
La autora es profesora e investigadora de la Universidad de Colima. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores de CONAHCYT. Sus líneas de investigación son: procesos y prácticas educativas, educación e intervención en contextos comunitarios y desarrollo saludable.
