Star Wars como espejo del totalitarismo contemporáneo

Colima,(18-01-2026).-Cuando George Lucas estrenó Star Wars en 1977, muy pocas personas anticiparon que aquella ópera prima espacial se podría convertir en una fuerte alegoría del fascismo y el totalitarismo. Casi cinco décadas después, mientras somos testigos del resurgimiento global de retóricas autoritarias y discursos deshumanizantes, la saga adquiere una relevancia inquietante. La ficción espacial se muestra como un potente escenario para comprender los mecanismos discursivos que normalizan la exclusión, la violencia y el totalitarismo.

La ficción moldea la realidad

Para comprender cómo Star Wars funciona como herramienta de análisis, podemos recurrir al concepto de imaginario social desarrollado por Cornelius Castoriadis. Este filósofo propone que las sociedades no se estructuran únicamente por factores materiales o económicos, sino por creaciones colectivas de significado que incluyen instituciones como el Estado, la familia, o incluso la idea de democracia, desde donde interpretamos y organizamos nuestra cotidianidad.

Cuando Lucas crea un Imperio Galáctico con stormtroopers, personajes que Ralph McQuarrie, el diseñador conceptual, reconoce como referencia explícita a los soldados nazis, no está solamente contando una historia de malos contra buenos, sino que está activando un imaginario colectivo sobre el fascismo que cobra sentido con experiencias históricas reales y con miedos actuales.  El imaginario totalitario se reproduce mediante narrativas, símbolos y prácticas que normalizan la autoridad absoluta, la exclusión del diferente y la supresión del espacio público. Aquí, Star Wars, paradójicamente, funciona al hacer visible y criticable esa lógica autoritaria.

La deshumanización y la construcción del “enemigo”

Si el imaginario social nos ayuda a comprender cómo las narrativas dan forma a nuestra realidad colectiva, necesitamos ir un poco más allá para analizar cómo ciertos grupos humanos son sistemáticamente excluidos y degradados.

El filósofo italiano Giorgio Agamben, en su proyecto Homo Sacer (1995), recupera del derecho romano una figura jurídica escalofriante denominada el homo sacer.  Se refiere a un ser humano que puede ser liquidado por cualquiera sin que ello constituya un crimen, reducido a mera vida biológica vulnerable y expuesta a la muerte, como sucedió en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y como lo vemos hoy en día en lancheros sin nombre que son aniquilados por misiles por ser presuntos delincuentes (sin pruebas), en  cientos de civiles  bombardeados en Gaza (en su mayoría infantes) o en decenas de venezolanos y cubanos como daños colaterales a inicios de este año, por mencionar algunos ejemplos.

En Star Wars, especialmente en la serie Andor (2022-2025), vemos esta lógica operando con claridad. El Imperio no simplemente oprime; produce vidas y poblaciones enteras cuya existencia no tiene valor político. La escena de la Conferencia de Wannsee espacial, donde el oficial Krennic planifica un genocidio con la fría burocracia característica del fascismo histórico, es un recordatorio de que la deshumanización sistemática requiere instituciones, protocolos y una ideología que transforme a seres humanos en números o en problemas administrativos.

Judith Butler, en Marcos de guerra: Las vidas lloradas, publicado en 2009, plantea una pregunta devastadora: ¿qué vidas merecen ser lloradas cuando mueren y cuáles no? Para Butler, desde los marcos normativos de los imperios, todas las vidas son precarias (vulnerables, dependientes), pero no todas son igualmente reconocidas como precarias. El poder reside precisamente en esta capacidad de etiquetas: de hacer que ciertas muertes sean tragedias nacionales mientras otras son estadísticas, daños colaterales o simplemente sean invisibles.

En el contexto de Star Wars, los habitantes de Alderaan, planeta destruido por el Imperio en Una Nueva Esperanza, son vidas que la trama nos invita a lamentar. Pero ¿qué ocurre con las poblaciones sometidas a vigilancia permanente, arrestos arbitrarios y violencia estatal rutinaria en esta misma narrativa? Esto no fue abordado en las películas originales, pero sí en la serie Andor, donde se nos confronta con la banalidad del mal totalitario, presentándonos las vidas que el Imperio considera desechables, cuya precariedad es administrada como política de Estado.

En este sentido, Bauman, en su análisis de la modernidad líquida argumenta que cuando las estructuras tradicionales de pertenencia se desgastan y el futuro se vuelve impredecible, las sociedades buscan desesperadamente enemigos tangibles sobre los cuales proyectar sus miedos. El extranjero no es peligroso por lo que hace, sino por lo que representa, pues “amenaza” a una identidad comunitaria. El migrante, el refugiado, el diferente, se convierte entonces en el chivo expiatorio perfecto.

Esta lógica del extranjero como amenaza atraviesa tanto el imaginario totalitario de Star Wars como los discursos políticos contemporáneos. El Imperio construye su legitimidad mediante la fabricación continua de enemigos internos y externos en forma de rebeldes, traidores o alienígenas no humanos. El discurso imperial no necesita que estos enemigos sean realmente peligrosos; sino únicamente que sean percibidos así para justificar la represión y movilizar el miedo.

Del Imperio Galáctico al discurso contemporáneo

Un estudio publicado en la revista científica PLoS ONE (2022) analizó lingüísticamente la propaganda nazi previa al Holocausto, revelando un patrón inquietante. Se descubrió que, contrariamente a lo que se suponía, los nazis no simplemente animalizaban a los judíos (aunque eso también ocurría con metáforas de ratas, piojos, parásitos). El proceso era más complejo y siniestro: simultáneamente los deshumanizaban y los demonizaban, presentándolos como agentes con capacidad maléfica intencional.

Esta deshumanización fue más efectiva para movilizar el odio genocida que la simple animalización. Los judíos no eran meramente retratados como bichos a exterminar, sino como enemigos maliciosos, poderosos y peligrosos que merecían y tenían que ser borrados.

Cuando George Lucas imaginó el Imperio Galáctico, creó más que villanos espaciales. Diseñó un sistema político reconocible con jerarquías militarizadas, propaganda omnipresente, vigilancia constante, supresión de disidencia, y un discurso que deshumaniza a los enemigos del régimen, algo que se nota mucho más en la serie de Andor. En inicio de 2026, estas características lamentablemente no son ciencia ficción.

El 12 de enero de 2026, el presidente estadounidense amenazó con cortar fondos federales a las «ciudades santuario» que protegen a migrantes, a quienes describió durante su discurso en Detroit como «asesinos, narcotraficantes, adictos, personas liberadas de prisiones, instituciones mentales y manicomios». En diciembre de 2025, durante un mitin en Minnesota, calificó a los migrantes somalíes de «basura» que «no aportan nada» y declaró: «No los quiero en nuestro país».

Este discurso no es accidental sino estratégico. Estos no son simples insultos políticos; sino mecanismos de exclusión que preparan el terreno para políticas cada vez más represivas. En Argentina, el presidente ha ido plasmando un discurso igualmente preocupante. Documentada por la ONG Chequeado, entre su toma de posesión en diciembre de 2023 y febrero de 2025, pronunció al menos 1,051 insultos, descalificaciones o ataques personales, dejando un promedio de 2.4 por día.

Aunque la cantidad llama la atención, lo más preocupante es su lenguaje. Como analiza la investigadora Natalia Aruguete, especialista en análisis crítico del discurso, Milei pasó de atacar a «la casta», un concepto político que interpelaba malestares difusos, a deshumanizar a sus adversarios llamándolos «mandriles», «ratas», o «zurdos de mierda”, este último insulto también muy utilizado por el empresario mexicano Ricardo Salinas». Este desplazamiento de lo político a lo zoológico presenta un tipo de enemigo deshumanizado, caricaturizado, más vinculado a lo instintivo.

Star Wars como pedagogía de la resistencia

Este patrón es universal. Cuando Trump afirma que los migrantes son «criminales» que «envenenan», cuando Milei llama «mandriles» a sus adversarios, cuando las políticas europeas tratan a los refugiados como problemas administrativos a externalizar, operan estos mismos mecanismos de desconexión moral.

En este contexto de normalización de discursos deshumanizantes, Star Wars —especialmente su reciente serie Andor— recupera su potencial subversivo original. Como señaló un análisis de la temporada 2 (2025), Andor «retomó la idea de George Lucas en establecer ciertos paralelismos con hechos o situaciones reales», presentando al Imperio «como una organización fascista y tiránica» con un realismo que despoja al espectador de cualquier ilusión de un imperio cool.

Para quienes no han visto la serie, la recomiendo ampliamente. La serie no simplemente entretiene, sino que puede ser muy ilustrativa para entender nuestro contexto actual. Al mostrar los campos de trabajo forzado, las desapariciones, la violación como arma imperial, Andor refleja los horrores reales del fascismo y la brutalidad que la gente común debe enfrentar bajo un régimen totalitario.  La rebelión en Star Wars no surge de héroes individuales predestinados, sino de la acumulación de resistencias pequeñas, cotidianas, de personas ordinarias que se niegan a normalizar la opresión.

Como explica el personaje Luthen Rael en Andor, la victoria del totalitarismo requiere que la gente pierda la esperanza de que otro mundo es posible. La resistencia, entonces, es fundamentalmente una lucha por preservar el espacio mental que Arendt identifica como condición de toda libertad: la capacidad de pensar por uno mismo, de no uniformizarse, de mantener viva la imaginación política.

El discurso deshumanizante que atraviesa actualmente el mundo busca instituir un imaginario donde la exclusión, la violencia y la desigualdad son naturales, inevitables, y necesarias. Star Wars, paradójicamente, nos ofrece herramientas para resistir. Al hacer visible la lógica del totalitarismo, al mostrar cómo se construyen los enemigos y se legitima la represión, nos invita a reconocer esos mismos mecanismos operando en nuestro presente. La alegoría galáctica nos permite tomar distancia crítica de discursos que, de otro modo, podrían parecer normales o inevitables.

Como argumenta Butler, los marcos que determinan qué vidas importan no son inmutables. Pueden (y deben) ser contestados y reemplazados. En última instancia, la batalla contra el totalitarismo es una batalla por preservar la pluralidad humana, el espacio entre las personas, la capacidad de pensar y actuar juntos sin uniformizarnos. Es una lucha por impedir que el imaginario totalitario se naturalice, que la deshumanización se vuelva cotidiana, que la violencia discursiva siempre allana el terreno a la violencia física.

Como nos enseña la rebelión en Star Wars: la esperanza es un acto político. Negarse a aceptar que «así son las cosas» es el primer paso de toda transformación. En un mundo donde líderes políticos llaman «basura» a seres humanos, donde se planifican deportaciones masivas con lenguaje burocrático, donde la animalización del otro se normaliza, recordar que otra forma de convivencia es posible no es ingenuidad. es un acto de resistencia.

Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.

Correo: jcuevas0@ucol.mx

Más información:

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Butler, J. (2009). Marcos de guerra: Las vidas lloradas. Barcelona: Paidós.

Calvo Vírseda, S. P. (2020). Fisonomía de un imperio: Arquitectura totalitaria en Star Wars [Trabajo fin de grado, Universidad Politécnica de Madrid]. Archivo Digital UPM. https://oa.upm.es/64112/1/TFG_Jun20_Calvo_Virseda_Sara_Patricia.pdf

Landry, P., et al. (2022). «Dehumanization and mass violence: An analysis of Nazi propaganda». PLoS ONE, 17(11).