La filosofía de Snoopy: no hacer nada como acto de rebeldía

Blues navideño y algo pendiente

Colima,(19-12-2025).-Hace aproximadamente un año escribí en este mismo espacio sobre el «blues navideño» y cómo Charlie Brown, ese chico entrañable que cargaba con culpa por no sentirse feliz en Navidad, nos enseñaba algo fundamental: la presión cultural para encajar en narrativas de alegría impuestas puede convertir las fiestas en una fuente de malestar o de angustia más que de disfrute. Hablamos entonces del consumismo, de las expectativas irreales y de cómo en los últimos años las redes sociales magnifican esa sensación de que «debería sentirme mejor» durante diciembre.

Para complementar esa idea, me gustaría añadir que no se trata solo de que las fiestas decembrinas puedan hacer sentir mal a alguien por no cumplir con cierto estándar de felicidad. Se trata también de que incluso los momentos que culturalmente deberían ser de descanso y para algunas personas celebración, han sido colonizados por la misma lógica productivista que domina el resto del año.

Se ha nombrado “síndrome del villancico” a un fenómeno que se origina a causa del estrés por el exceso de consumismo, de compartir momentos con personas no afines, del nivel elevado de expectativas acerca de la festividad, del exceso de consumo de alimentos o de la presión social por tener que estar bien. El blues navideño, desde aquí, no es solo melancolía estacional, sino también el síntoma de una sociedad que ha perdido la capacidad de detenerse, incluso cuando dice que está celebrando.

Cuando hasta las pausas se vuelven productivas

El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han plantea la idea de que vivimos en una «sociedad del cansancio», donde hemos pasado de ser sujetos de obediencia (que trabajaban porque alguien los obligaba) a sujetos de rendimiento (que se autoexplotan creyendo que están eligiendo libremente). Y en efecto, esa autoexplotación no se detiene cuando llegan las vacaciones o las fiestas. Siguiendo con las ideas de este filósofo, antes las fiestas eran momentos fuera del tiempo productivo, espacios donde la comunidad se reunía sin otra finalidad que estar juntos, celebrar y compartir. Ahora, nos dice, «cada vez celebramos menos fiestas comunitarias. Cada uno se celebra solo a sí mismo». Las fiestas se han transformado en espacios para ser testigo de momentos que llegan, se consumen y son registrados en redes sociales.

Desde esta lógica, las fiestas de diciembre, lejos de ser un tiempo de pausa contemplativa, se han mercantilizado como una temporada de hiperactividad para comprar, decorar, cocinar, asistir a reuniones, publicar en redes sociales, demostrar que estamos felices, que tenemos éxito y que cumplimos la expectativa.

Herbert Marcuse se refería a esto hace décadas argumentando que a una sociedad libre le corresponde un tiempo libre, pero a una sociedad represiva le corresponde un tiempo de ocio mercantilizado. Y eso es lo que en muchos casos tenemos: no tiempo verdaderamente libre, sino ocio como extensión de la productividad porque no paramos realmente ya que solo cambiamos de actividad.

La sabiduría de Snoopy

Hace un año me centré en Charlie Brown y hoy quisiera centrarme en su perro Snoopy, ese beagle carismático y filosófico que pasa la mayor parte del tiempo acostado sobre el techo de su casita roja, mirando al cielo, imaginando cosas o simplemente sin hacer absolutamente nada. Este personaje, por cierto, ya ha llamado la atención en otros espacios por razones similares, como en el caso de la divulgadora Lu Baccassino, a quien pueden encontrar en Youtube.

Snoopy encarna precisamente lo que Han llama «vida contemplativa»: la capacidad de detenerse, de no producir, de simplemente estar. En las viñetas de Peanuts, Snoopy aparece constantemente en esa postura. Lo vemos muchas veces tumbado de espaldas, a veces con Woodstock a su lado, observando las nubes pasar. No parece tener prisa ni sentir culpa por no estar haciendo algo «útil». Tampoco parece muy interesado en justificar su existencia con logros o actividades.

En un mundo hiperproductivo donde incluso el descanso debe ser «optimizado» y el ocio debe ser «experiencial», registrado en redes y utilizado para seguir siendo (más) productivo, Snoopy hace de la inactividad un acto de rebeldía. Y lo más importante: lo hace sin necesitar el aval de nadie.

Han insiste en que «pasar de sobrevivir a vivir requiere pausa». La pausa contemplativa, aporta perspectiva y reflexión. ¡Y no es que Snoopy no haga nada! Como ejemplo de esto, muchas veces vemos que también baila. Lo hace con las orejas volando, con los ojos cerrados, en total goce del movimiento. Y no, no baila para impresionar a nadie, no baila porque siempre exista una razón narrativa ni para subir contenido a redes sociales. Baila porque sí, porque quiere moverse y porque no necesita un sentido utilitario para ser valioso.

Snoopy tampoco se esconde cuando se siente triste o malhumorado. En algunas tiras lo podemos ver bajo la lluvia, sentado, reflexivo, o escribe en su máquina cosas como «no me siento muy feliz hoy». Y eso está bien. Forma parte de la vida. No hay obligación de estar siempre positivo, siempre optimista, siempre rindiendo emocionalmente.

Esta aceptación de la tristeza conecta directamente con otra crítica de Han. Vivimos en una «sociedad de la positividad», donde todo debe ser productivo, eficiente, placentero. Pero eso elimina lo negativo, que es justamente lo que nos permite detenernos, reflexionar, madurar. Snoopy, en su aparente simplicidad, nos recuerda que la ternura (consigo mismo, con quienes quiere, con el mundo) es una forma de valentía. Porque en un mundo que exige constantemente que demostremos nuestro valor a través del rendimiento, detenerse a mirar las nubes, bailar sin razón y aceptar la tristeza sin intentar «solucionarla» de inmediato, por supuesto que es un acto radical.

Periodo de pausa y/o celebración a lo Snoopy

Un periodo de pausa y/o festejo en este sentido, sería una temporada donde pudiéramos acostarnos en nuestra «casita», física o metafórica, y simplemente mirar las nubes. Estar en un lugar, físico o mental, sin la obligación de decorar perfectamente, de comprar regalos costosos, de asistir a todas las reuniones, de registrar en redes sociales que estamos felices. Donde pudiéramos bailar si nos provoca, y estar tristes si eso es lo que sentimos, sin que nadie (ni siquiera nosotras o nosotros mismos) nos juzguemos por ello.

Sería reconocer que no hacer nada, a veces, es hacer lo más importante: permitir que la vida respire, que el tiempo tenga duración, que las emociones se asienten. Que sobrevivir no es lo mismo que vivir. En esa aparente inactividad, en ese no hacer nada que la sociedad del rendimiento desprecia, puede habitar la más profunda de las sabidurías: saber, como el buen Snoopy, que ya somos, sin tener que demostrarlo.

Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.

Correo: jcuevas0@ucol.mx

Más información:

Han, Byung-Chul (2017). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder Editorial.

Han, Byung-Chul (2023). Vida contemplativa: Elogio de la inactividad. Barcelona: Taurus/Herder.

Carro de combate. (2018, 15 de marzo). El tiempo libre como horizonte utópico. Carro de combate. https://www.carrodecombate.com/2018/03/15/el-tiempo-libre-como-horizonte-utopico/

Lu Beccassino. (s. f.). Canal de YouTube de Lu Beccassino. YouTube. https://www.youtube.com/@lu.beccassino