Científicas y científicos en la pantalla pop

Colima,(06-02-2026).-Nadie se sienta frente a una serie pensando «a ver, voy a formar mi idea de lo que es la ciencia». Pero ocurre. Llevamos décadas absorbiendo imágenes de batas de laboratorio, pizarrones llenos de ecuaciones y genios que hablan raro, y todo eso se nos queda. Se nos queda como se quedan los jingles publicitarios: sin pedir permiso y sin que notemos cuándo pasaron de ser algo ajeno a ser parte de lo que damos por cierto.

Pensemos un momento: Tony Stark armando lo imposible en una cueva, Doc Brown gritando «¡1.21 gigawatts!» con el pelo revuelto, Sheldon Cooper incapaz de entender un chiste. Son escenas que nos divierten, claro. Pero también depositan, gota a gota, una idea de cómo «son» las personas que hacen ciencia y de qué se trata ese oficio. La cultura pop no solo entretiene: construye, sin manual de instrucciones, la imagen colectiva de la ciencia​.

Y aquí viene lo interesante. Si alguien nos preguntara «¿cómo imaginas a una persona científica?», es muy probable que la primera imagen que nos venga no salga de un artículo de revista indexada ni de una conferencia académica, sino de una película, una serie o un cómic. Eso no es trivial. Es un fenómeno cultural de primer orden: la ficción popular se ha convertido en el aula más grande del planeta para enseñar, bien o mal, lo qué es la ciencia y quién la puede hacer.

El lente que no sabíamos que traíamos puesto

Hay un concepto que en ciencias sociales se llama imaginarios sociales y que, dicho sin rodeos, funciona así: son las ideas, imágenes y creencias que compartimos como sociedad sobre cómo funciona el mundo​. No son verdades científicas; funcionan más como unos lentes o filtros. Se fabrican con lo que vemos, escuchamos y repetimos en películas, memes, charlas de sobremesa, videojuegos. Y lo fascinante es que no son fijos sino que mutan con cada generación, con cada nueva historia que se vuelve viral.

Ahora bien, esos filtros tienen consecuencias concretas. Cuando el molde se repite, como la mente brillante que no encaja, el genio obsesivo con poca vida social, la figura capaz de sacrificarlo todo por «la verdad», terminamos creyendo que la ciencia solo existe en los extremos. O es heroica y salvadora, o es peligrosa y fuera de control. O produce milagros, o produce monstruos. No hay matiz, no hay zona gris. Y la realidad del quehacer científico, cualquier persona que lo haya vivido lo sabe, es casi pura zona gris.

Pensemos en Walter White, ese profesor de química frustrado que pasa de la pizarra al narcotráfico. O en Temperance Brennan, brillante antropóloga forense que parece una máquina de analizar huesos, pero no consigue descifrar una broma. O en Fox Mulder, dispuesto a incendiar su carrera entera con tal de demostrar que la verdad está «allá afuera», a lo que su colega Dana Scully le recuerda, “pero también la mentira”. Cada uno de estos personajes refuerza, o a veces subvierte, un estereotipo distinto. Y lo que se nos queda no es la trama, sino la plantilla: así son los que hacen ciencia​.

Lo más importante es que esas plantillas no solo afectan cómo percibimos a quienes investigan; también afectan quién se anima a hacerlo. Si durante años la pantalla te dice que el científico es un hombre blanco, excéntrico, socialmente torpe y probablemente peligroso, no es difícil entender por qué muchas personas nunca se ven reflejadas en ese espejo. Los imaginarios no son neutrales: abren o cierran puertas.

Disfrutar la pantalla con una lámpara extra

Hasta aquí podría parecer que el mensaje es «apaga la tele y el streaming«. Todo lo contrario. El libro Científicas y científicos en la pantalla pop, de Julio Cuevas Romo, publicado en 2025 por el CENEJUS y la UASLP, parte de una postura refrescante: no llega con el regaño de «eso está mal», sino con la invitación a mirar de cerca lo que ya estamos viendo​. Como cuando vuelves a ver una película y descubres detalles que antes no estaban pero siempre estuvieron, sólo que no traías la lámpara adecuada.

El recorrido es amplio y deliberadamente desordenado, como se consume hoy la cultura pop. Hay un bloque sobre The Big Bang Theory como parteaguas contemporáneo; otro sobre series de culto como Breaking BadBones o The X-Files; un tercero dedicado al Universo Cinematográfico de Marvel; otro al Universo Animado de DC; y un cierre que transita entre sagas de cine y anime, de Jurassic Park a Dragon Ball, de Interestelar a Volver al Futuro​. Esa variedad no es catálogo: permite ver cómo los estereotipos cambian o se reciclan dependiendo del género y del tipo de historia.

Lo que hace valioso al texto es que cada personaje funciona como un prisma. Sheldon Cooper no es solo una fuente de chistes sobre física teórica: es la excusa para preguntarse si la inteligencia justifica el aislamiento social. Amy Farrah Fowler abre la discusión sobre las mujeres científicas y la doble exigencia de demostrar competencia profesional y humanidad emocional. Howard Wolowitz pone sobre la mesa el clasismo académico: ¿vale menos un ingeniero que un doctor en física? Tony Stark obliga a pensar en la línea muy difusa entre el genio benefactor y el narcisista con poder ilimitado. Y Lex Luthor resulta ser, mirado con cuidado, un espejo incómodo de Stark desde el otro lado de la cerca​.

El libro, además, se desmarca de la solemnidad. No pretende ser un tratado académico ni un manual de corrección política sobre representaciones mediáticas. Se lee como una conversación entre alguien que sabe de ciencia y alguien que sabe de series, y que resultan ser la misma persona. Puedes entrar por el capítulo que más te pique la curiosidad, saltar entre tus personajes favoritos o explorar historias que no conocías. No hay línea recta, y esa libertad le queda bien al tema, porque justo de eso se trata: las ideas se nos forman por pedazos, por escenas, por frases, por imágenes​.

Si eres docente, el libro es un material de conversación que no se siente como clase: arranca desde lo que tus estudiantes ya vieron, lo que ya les gustó, lo que ya discutieron con sus amistades. Si eres simplemente alguien curioso, funciona como una segunda capa de lectura: la que aparece cuando te preguntas «¿por qué este personaje está construido así?» y «¿qué idea del conocimiento me está vendiendo esta historia sin que yo lo note?».

Ya está disponible en versión digital gratuita, así que no hay pretexto logístico. La sugerencia es simple: entra por el personaje que más te mueva algo de admiración, risa, hartazgo, ternura. Porque donde hay emoción, casi siempre hay imaginario trabajando. Y cuando lo ves, ya no hay vuelta atrás… pero la diversión no se arruina. Al contrario, se vuelve más interesante.

Enlace para descargar el libro de forma gratuita:

https://www.researchgate.net/publication/400542270_CIENTIFICAS_Y_CIENTIFICOS_EN_LA_PANTALLA_POP