Así lo marca el Sistema
Mireya Sarahí Abarca Cedeño/// Ágora Digital
Colima,(20-02-2026).-El Sistema no nació para servir, sino para ordenar el mundo. Al menos así se presentó. Nadie lo votó, nadie lo discutió, pero desde el primer día quedó claro que el Sistema sabía más que las personas, sentía menos y, por lo tanto, funcionaba mejor.
Al principio fue útil: registraba calificaciones, recibía trabajos, almacenaba evidencias. Luego empezó a educar. No a estudiantes ni a profesores, sino a todos: enseñó paciencia forzada, resignación digital y una nueva ética institucional donde el motivo o la razón más sólida era: “así lo marca el sistema”.
Un día, una profesora intentó corregir un error evidente. Una calificación mal registrada, una fecha equivocada, un simple clic mal dado.
—No pasa nada —pensó—, se corrige.
Pero el Sistema, siempre atento, ya había decidido que NO.
—El periodo está cerrado —informó con frialdad quirúrgica.
La profesora argumentó, explicó, mostró historial, correos, fechas. Habló desde el criterio, la experiencia y el sentido didáctico. El Sistema escuchó sin escuchar; no estaba programado para comprender, solo para validar o rechazar.
Cuando la profesora escaló el asunto, apareció el administrativo. No como mediador, sino como sacerdote del Sistema.
—Entienda —dijo—, nosotros no podemos hacer nada.
—¿Quiénes son “nosotros”? —preguntó ella.
—El sistema —dijo, de manera contundente.
Y así, el Sistema adquirió voz, voluntad y coartada. Nadie tomaba decisiones, solo obedecían pantallas, hipervínculos.
Mientras tanto, un estudiante esperaba. Esperaba su calificación, su constancia, su trámite, su futuro. Tenía pruebas, tenía derecho, tenía razón, pero nada de eso era compatible con el Sistema.
—¡Pero fue un error administrativo! —dijo.
—El sistema no registra errores —respondieron—. Registra datos.
El estudiante aprendió entonces una lección que no estaba en el plan de estudios: cuando la burocracia se digitaliza, la injusticia se automatiza.
Pero el Sistema no se conformaba con vigilar a los estudiantes, también tenía una relación “educativa” muy particular con el profesorado.
Un semestre surgieron las listas, nadie las vio nacer, pero ahí estaban. No antes, no con aviso, no con contexto. Surgieron porque el Sistema así lo decidió. Listas oficiales, inapelables, con nombres, horarios, sedes y una instrucción clara: ¡firmar!
Algunas listas tenían errores: grupos inexistentes, horarios que nunca ocurrieron, nombres mal escritos. Detalles menores, pensaron los profesores, se pueden aclarar. Se pueden corregir.
—No —respondió el Sistema.
—Pero ese día yo no estuve aquí —dijo un profesor—, la actividad fue en otro espacio.
—La lista dice que sí —respondieron.
—Pero ocurrió de otra manera.
—La lista es la evidencia.
Hubo quienes tuvieron que trasladarse largas distancias solo para firmar una hoja., porque el sistema arrojaba la lista y exigía su firma. No podían enviar la firma escaneada, no podían validar por correo, no podían usar la razón, ni el sentido común, ni la lógica laboral más básica.
—Tiene que venir personalmente —indicó la voz administrativa—.
—¿Por qué?
—Porque así está en el sistema.
Algunos llegaron y descubrieron que la lista aún no estaba. Otros llegaron tarde porque el Sistema había cambiado el horario sin avisar. Otros más firmaron sin saber muy bien qué firmaban, porque el Sistema no explicaba: exigía.
Y aunque en la realidad las clases se habían dado, los estudiantes habían estado presentes y el trabajo académico había ocurrido, si la lista no coincidía, la realidad estaba equivocada.
El Sistema no dudaba. No negociaba. No reconocía trayectorias, contextos ni cuerpos cansados. Reconocía firmas, bajo el formato correcto.
Con el tiempo, ya nadie discutía con el Sistema. No porque estuvieran de acuerdo, sino porque habían aprendido que discutir era inútil. Las apelaciones eran formularios, los formularios eran ventanas, las ventanas se cerraban.
Las conversaciones dejaron de empezar con “¿qué ocurrió?” y comenzaron con “¿qué marca el sistema?”. La realidad dejó de verificarse en los hechos y empezó a verificarse en la pantalla.
Si un estudiante decía haber asistido, pero no aparecía en la lista, entonces no estuvo.
Si una profesora afirmaba haber evaluado, pero la plataforma no guardó el cambio, entonces no evaluó.
Si una clase ocurrió fuera del aula, pero la lista indicaba otra sede, entonces la clase no ocurrió.
El Sistema no gritaba, no necesitaba hacerlo. Su poder era más elegante: convertía lo humano en excepción y lo digital en la verdad oficial.
Poco a poco, las personas comenzaron a ajustarse.
Firmaban donde no era necesario.
Subían evidencias redundantes.
Tomaban capturas de pantalla como si fueran actas notariales de su propia existencia. Aprendieron que la prudencia académica consistía en anticipar el error del Sistema antes de que el Sistema decidiera cometerlo.
El Sistema, satisfecho, ya no solo organizaba procesos: organizaba conductas.
Enseñó a desconfiar de la memoria.
Enseñó a desconfiar del criterio.
Enseñó a desconfiar de lo humano.
Enseñó que la verdad es aquello que queda guardado.
Un día, alguien preguntó en voz baja:
—¿Y si el sistema está mal?
Hubo un silencio incómodo, luego alguien respondió, casi con ternura institucional:
—El sistema no está mal, está funcionando.
Y ahí quedó sellado el pacto final.
Porque el triunfo absoluto del Sistema no fue cerrar periodos ni bloquear cambios, fue algo más simple y más profundo: lograr que las personas pidieran permiso para existir en la pantalla.
Desde entonces, nadie dice “hubo un error”, dicen:
—Así lo marca el sistema.
Y cuando una frase deja de describir una herramienta y empieza a describir el mundo, ya no estamos usando un sistema, estamos siendo usados por él.
Y lo más inquietante no es que el Sistema haya tomado el control, es que ya nadie recuerda cuándo se lo entregamos.

