El arte de enseñar a investigar
Por Julio Cuevas Romo///Ágora Digital
Colima(15-05-2026).-Hay una escena que se repite, con distintos actores y escenarios, en los laboratorios, cubículos y grupos de investigación de muchas universidades: un estudiante transcribe datos durante horas, aplica cuestionarios a decenas o incluso cientos de personas, captura información en bases de datos y, al final de la jornada, recibe un «buen trabajo» y (quizás) una mención en los agradecimientos o una autoría periférica de un artículo o investigación que nunca comprendió del todo. No porque no sea capaz, sino porque nadie le explicó por qué estaba haciendo lo que hacía o si era de interés de alguien más y no propio.
Recordemos por un momento a Willy Wonka y sus Oompa Loompas, esas criaturas industriosas, siempre ocupadas, ejecutando tareas precisas dentro de la gran máquina de producción. Nadie les preguntaba qué opinaban del proceso. Nadie les explicaba la receta completa. Su valor residía en su disponibilidad y en su eficiencia mecánica. La analogía es incómoda, y precisamente por eso vale la pena sostenerla, aunque sea un momento.
En más de un grupo de investigación universitario, estudiantes de licenciatura, de maestría, y a veces de doctorado ocupan un lugar lastimosamente similar. No porque se asuma que el investigador o la investigadora sea un villano de historia de fantasía (creo que Wonka sí lo es), sino porque el sistema en el que esto ocurre incentiva eso: producir, publicar, acumular artículos, escalar rankings. Aunque es algo que puede debatirse, el problema no es el ascenso escalafonario de las y los investigadores. El problema es que la pregunta de si el estudiante aprendió a investigar es, en ese sistema, muchas veces secundaria.
Desde hace décadas, la academia (global) opera bajo la lógica del publish or perish: publica o perece. A investigadoras e investigadores se les evalúa principalmente por lo que producen, los índices en que aparecen y los proyectos que dirigen. Es en estos contextos donde contar con estudiantes dispuestos o dispuestas a recolectar datos, aplicar instrumentos y capturar información les resulta (muy) conveniente. Esto por supuesto no es la norma, pero sí algo común y naturalizado, y algo que ocurre, claro está, cuando la ética se trata como concepto vacío o decorativo. El problema no es la colaboración en sí, sino cuando esa colaboración se reduce a participación mecánica: el estudiante ejecuta, pero no comprende; trabaja, pero no aprende a diseñar; contribuye, pero no es un proceso donde tenga voz real.
¿Qué se pierde en este proceso?
Este es, quizás, el punto más importante y el menos discutido. Existe una confusión extendida, a veces inconsciente y a veces cómoda, entre “participar” en una investigación y aprender a investigar. Son cosas profundamente distintas. Investigar no comienza en una hoja de captura ni en una encuesta impresa, sino en la incomodidad de no saber, en la curiosidad ante algo cotidiano que no se entiende del todo o en la capacidad de formular preguntas que realmente le interesa responder. Continúa en el proceso de delimitar un problema, revisar críticamente lo que otros han dicho antes, construir un método sorteando dificultades y proponer razones sólidas y no únicamente porque «así se hace», concluyendo con la interpretación honesta de los datos.
Nada de eso ocurre cuando el estudiante entra al proceso en la mitad, cuando alguien más ya (le) eligió el tema, ya (le) diseñó el instrumento, ya (le) definió su marco teórico, y la única tarea pendiente es aplicar cuestionarios o capturar respuestas en una base de datos. El o la estudiante puede salir con cien horas de trabajo encima y sin haber aprendido a investigar. Tal vez aprendió a seguir un protocolo, que no es lo mismo.

El proyecto “prestado” y el atajo conveniente
Hay una práctica particularmente silenciosa que merece atención: la de incorporar al estudiante a un proyecto ya en marcha, diseñado y delimitado por el investigador o la investigadora, con agenda y preguntas propias. La justificación, en apariencia, es razonable: el estudiante necesita un tema, el investigador necesita manos, ambas partes «ganan» en el corto plazo. El problema es lo que pasa después. Al cruzar el umbral de ese proceso, es el estudiante quien no sabe qué investigar a continuación, porque nunca aprendió a preguntarse qué le interesa. La investigación que nace de la curiosidad genuina no es solo más ética, sino que rinde muchos más frutos.
La pregunta que queda en el aire no es fácil: ¿cuántas investigaciones publicadas en revistas indexadas llevan en sus páginas el trabajo invisible de estudiantes que nunca entendieron por qué hacían lo que hacían, que investigaron lo que le era útil a alguien más, y que terminaron creyendo que «así es la investigación»? ¿Cuántos de esos estudiantes decidieron, después de esa experiencia, que la investigación no era para ellos o ellas? La ciencia que no educa a quienes la hacen no solo desperdicia talento, sino que reproduce sus propias exclusiones. Un sistema que premia la productividad y olvida la formación corre el riesgo de producir muchos artículos, poca creatividad y por supuesto pocas vocaciones científicas.
La fábrica de chocolates sigue produciendo.
Más información:
Holst, B., & Zöllner, C. (2024). Autoría de regalo y autoría fantasma, y el uso de lineamientos de autoría en revistas de psicología: un estudio transversal por encuesta. Investigación Cualitativa en Psicología, 21(2).
https://doi.org/10.1177/17470161241262244
Rajakumar, H.K., Gaman, M.A., Puyana, J.C., & Bonilla-Escobar, F.J. (2024) Transformar las culturas tóxicas de investigación: protegiendo el futuro de los estudiantes de medicina y los investigadores en etapas tempranas de su carrera – Parte I. Revista Internacional de Estudiantes de Medicina, 12(2), 128–132.
https://doi.org/10.5195/ijms.2024.2763
Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.
Correo: jcuevas0@ucol.mx
Imágenes creadas con GPT-4o de OpenAI.
