Para no mirar hacia otro lado
Por Julio Cuevas Romo///Ágora Digital
Colima, (06-03-2026).-Cada 8 de marzo las calles se llenan de pancartas moradas, consignas y cuerpos que exigen algo tan básico como vivir sin miedo. No es nuestro día, no es nuestra lucha en el sentido de que no nos corresponde encabezar nada ni hablar en su nombre, pero vaya que sí es un día que nos involucra de lleno. Podemos entrar en el discurso fácil y simplista de que esto nos atraviesa como parejas, hijos, colegas o docentes, pero mucho más allá de eso, y aunque nos incomode, somos hombres que hemos crecido en una cultura donde, nos guste o no, aprendimos a ser el centro y muy pocas veces el problema.
En esa tensión entre no ocupar un espacio que no nos toca y, al mismo tiempo, no quedarnos al margen como espectadores cómodos, se abre una puerta: revisar qué estamos haciendo (o evitando hacer) en tiempos de reivindicación feminista. En los últimos años se ha vuelto común escuchar que “ya no se puede decir nada”, que “ahora todo es violencia”, al menos a mí me ha tocado escucharlo varias veces en el trabajo.
Detrás de esos comentarios, que parecen bromas de sobremesa o chistes en el salón, hay algo más profundo que surge de una resistencia a ceder privilegios y, al mismo tiempo, un malestar que no se sabe nombrar sin convertirlo en queja o en ataque. Ese malestar ha encontrado un refugio muy eficaz en un territorio que, como docentes y acompañantes de adolescentes, ya no podemos ignorar: la llamada «manósfera»: ¿qué es?
La manósfera: un espejo deformado donde algunos hombres se miran
Si buscamos una definición como tal, la manósfera es una red de sitios web, blogs, foros y perfiles en redes sociales donde se promueven formas de masculinidad basadas en el antifeminismo, el victimismo masculino y el discurso misógino, agrupando subculturas como los llamados “derechos de los hombres”. Pero más allá de la definición, lo interesante es saber cómo opera.
Si uno entra con calma a foros, canales y cuentas de esta constelación digital, encuentra un guion que se repite hasta el cansancio: los hombres serían las verdaderas víctimas de la época, las mujeres habrían aprovechado el feminismo para “dominar” y las leyes estarían diseñadas para perjudicarnos.
En ese relato, los datos incómodos como los feminicidios, las brechas salariales o la sobrecarga de cuidados, se minimizan o se explican como exageraciones; lo importante es reforzar la idea de que “a nosotros nos va peor ahora que a ellas”.
Sería ingenuo subestimar el atractivo de esa narrativa. Para un adolescente que se siente inseguro, que ha vivido rechazo, que arrastra la presión de “ser hombre de verdad” y no tiene muchos espacios para hablar de sus emociones, escuchar a un influencer decirle que todo es culpa de “las mujeres modernas” o de “las feministas radicales” puede resultar seductor y dar certezas simples, enemigos claros y recetas rápidas. Es una narrativa muy identificable porque no persigue igualdad o equidad sino control.
El algoritmo como mentor “a modo”
En educación solemos preocuparnos por los planes de estudio, por los libros de texto, por las rúbricas de evaluación y mientras tanto, el algoritmo de YouTube, TikTok o Instagram se ha convertido en una especie de mentor permanente, siempre disponible para dar lo que queremos, sin criterios éticos ni curriculares. Basta con que un chico busque un video sobre “cómo gustarle a una chica” o “cómo dejar de ser tímido” para que la plataforma le empiece a recomendar contenido donde se mezclan consejos de autoayuda con discursos abiertamente misóginos.
Lo llamativo es con qué rapidez esa lógica se cuela en el aula. De pronto escucho a un estudiante decir, entre risas tensas y cierta frustración, que “si ellas se visten así, luego no se quejen”, o que “las mujeres solo te toman en serio si ven que tienes dinero”. Cuando nos preguntamos de dónde salió esa idea, la respuesta suele ser en estos tiempos, un nombre de canal o de influencer, no de una conversación en casa o algún especialista del tema.
Como docentes podemos sentir la tentación, y de hecho lo hacemos, de abordar el asunto con una llamada de atención: “eso no se dice”, “estás mal”, “eso es machista”. El problema es que, si solo nos quedamos ahí, se corre el riesgo de reforzar la narrativa de la manósfera en donde hay un “policía feminista” que censura a los hombres y no los deja hablar. El reto es más complejo: necesitamos generar espacios donde esos discursos puedan ser analizados con la misma seriedad con la que analizamos un documental, un problema matemático o un texto literario.

Escuchar, incomodarnos e intervenir
En contextos educativos, hablar de todo esto no es un «tema extra» para cuando «sobre tiempo».” Forma parte del centro mismo de nuestra tarea, porque ahí se están construyendo las formas de mirar el mundo, de nombrar el cuerpo propio y ajeno, de relacionarse con el poder.
Como hombres en la escuela (docentes, directivos, asesores, padres) solemos ocupar una posición de autoridad simbólica. Lo que dejamos pasar se vuelve norma. Lo que nombramos, cuestionamos y problematizamos abre la posibilidad de otras formas de ser. No se trata de improvisar sermones ni de convertir cada clase en una asamblea o debate, sino de encontrar momentos concretos para hacer cuestionamientos que desacomodan:
Preguntas como: «¿De dónde sacas esa idea?» o «¿a quién le parece gracioso eso y a quién lastima?». Por supuesto que, al preguntar, también nos exponemos ya que dejamos ver que no tenemos todas las respuestas, que también estamos aprendiendo a revisar lo que nos enseñaron. Asumir responsabilidad implica reconocer esa asimetría y preguntarnos qué podemos hacer distinto. No se trata de protagonizar nuevas épicas de “deconstrucción”, sino de practicar cambios sostenidos que desarmen el guion de la manósfera desde la vida cotidiana: renunciar a ciertos chistes, tomar en serio los relatos de violencia, redistribuir tareas, pedir ayuda cuando la necesitamos.
Tal vez uno de los efectos más importantes del 8 de marzo es la incomodidad que genera en muchos hombres. Esa incomodidad puede tomar caminos distintos. Podemos refugiarnos en la manósfera, replegarnos en el resentimiento o revisar lo que hacemos y lo que dejamos de hacer.
Más información:
De machos a HOMBRES. (s.f.). De machos a HOMBRES [Página de Facebook]. Facebook. Recuperado el 6 marzo 2026, de https://www.facebook.com/demachosaHOMBRES
Kimmel, Michael (2019). Hombres (blancos) cabreados. La masculinidad al final de una era. Madrid: Capitán Swing.
Krendel, Alexandra (2020). “The men and women, guys and girls of the ‘manosphere’: A corpus-assisted discourse approach”. Discourse & Society, 31(6), 607‑626. Disponible en:
https://eprints.soton.ac.uk/488646/
Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.
Correo: jcuevas0@ucol.mx
