¿Y si es tu hijo quien no está bien? La importancia de ver, escuchar y cuidar
Por Mireya Sarahí Abarca Cedeño///Ágora Digital
- -¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces! Y un poco más tarde añadiste: -¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol. -El día de las cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad? Pero el principito no respondió. El principito (fragmento). Antoine de Saint-Exupéry
Colima, (10-09-2025).- Daniel es un joven de 17 años, estudiante de preparatoria. Hasta hace poco era el chico alegre y optimista que siempre bromeaba con sus amigos. Sin embargo, en los últimos meses, algo ha cambiado. Daniel se muestra retraído, su rendimiento escolar ha bajado y parece perder interés en actividades que antes le apasionaban. Aunque intenta disimularlo, confiesa en casa que las tareas lo abruman, que le cuesta levantarse cada mañana y que siente una profunda soledad, incluso estando rodeado de gente. Esta sensación de vacío y tristeza es algo que no sabe explicar ni compartir sin temor a ser juzgado.
Esta historia refleja una realidad que cada vez más jóvenes enfrentan en silencio: la ansiedad y la depresión. Estos problemas de salud mental, que solían asociarse con la adultez, están afectando a adolescentes y jóvenes a una edad cada vez más temprana. Aunque la adolescencia es una etapa de grandes cambios y desafíos, el aumento de estos trastornos va más allá de lo habitual y tiene un impacto profundo en el desarrollo emocional, académico y social de los jóvenes.
Ansiedad, depresión y el valor de hablar
Cada año, el 10 de septiembre, se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Es una fecha que no debería pasar desapercibida en nuestras escuelas, hogares y espacios públicos, especialmente cuando hablamos de las juventudes. Más allá de una efeméride, es un llamado urgente a mirar con atención y compasión lo que viven muchas y muchos adolescentes: una lucha silenciosa contra la ansiedad, la depresión y la desesperanza.
La ansiedad y la depresión no siempre se ven igual en jóvenes que en adultos. A veces se camuflan en el aislamiento, el enojo, el desgano, o el bajo rendimiento escolar. La ansiedad se manifiesta como una preocupación constante e incontrolable por cosas que podrían parecer pequeñas, pero que para quien las vive se sienten enormes: miedo a fallar, a no encajar, a no ser suficiente. Puede expresarse en síntomas físicos como dolor de estómago, tensión muscular o insomnio, lo cual suele confundirse con “el estrés normal de la adolescencia”.
La depresión juvenil, por su parte, no siempre es tristeza evidente. A veces es apatía, cansancio extremo, pérdida de interés por lo que antes se disfrutaba. Puede haber irritabilidad, sensación de vacío, cambios en el apetito y, en los casos más graves, pensamientos de autolesión o suicidio.
Estos trastornos afectan profundamente el día a día: dificultan la socialización, desgastan los vínculos, interrumpen el aprendizaje, y generan un sentimiento abrumador de soledad. El problema no es sentir tristeza o miedo, sino no tener con quién hablarlas, con quién compartirlas sin sentirse juzgado.
Por eso, este 10 de septiembre no basta con solo “concientizar”. Es necesario escuchar activamente, hacer preguntas sin invadir, sostener sin minimizar. Crear entornos, ya sea en casa, en la escuela, en los grupos de pares, donde se pueda decir “no me siento bien”, sin miedo a la burla o el castigo.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, cada año más de 720,000 personas mueren por suicidio, y esta es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años. Estas cifras alarmantes nos recuerdan que no se trata de un problema individual, sino de un desafío urgente de salud pública que debe abordarse de manera colectiva. La prevención del suicidio exige la participación de todos los sectores: familias, escuelas, instituciones públicas y privadas, así como medios de comunicación. Pero, por encima de todo, requiere de una mirada profundamente humana, capaz de escuchar, acompañar y sostener sin juzgar.
Recordemos: el suicidio en la adolescencia no es un acto impulsivo sin sentido, sino muchas veces el resultado de una cadena de malestares no nombrados, no comprendidos y no acompañados. Prevenir no significa solamente intervenir cuando hay señales de alarma, sino cultivar espacios seguros donde no sea necesario llegar a ese límite para recibir atención.
En este Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el mensaje es claro: hablar puede salvar una vida; escuchar sin prejuicios también. Y si no sabes qué decir, a veces basta con quedarte cerca, con no soltar.
¿Por qué están aumentando los casos de ansiedad y depresión en jóvenes?
Hay varios factores que contribuyen al aumento de estos problemas de salud mental. Uno de los factores que más presión genera en la vida de los jóvenes es el ámbito académico. Vivimos en una sociedad que valora intensamente el éxito y el rendimiento, y esa exigencia se filtra desde muy temprano en la vida escolar. Las expectativas elevadas, la competencia constante en las aulas y el miedo a fallar o decepcionar a padres, madres y docentes generan niveles de estrés que, muchas veces, se acumulan en silencio. Lo que debería ser una etapa de descubrimiento y aprendizaje, se convierte en una carrera por cumplir metas externas que no siempre conectan con los intereses personales de cada adolescente.
A esto se suma la exposición permanente a las redes sociales, pues, en la era digital, los jóvenes están conectados casi todo el tiempo, lo que tiene ciertos beneficios, pero también muchos riesgos. Las redes se convierten fácilmente en un escaparate de vidas editadas y felices, lo que provoca una comparación constante. Esto genera inseguridad, presión por aparentar y una sensación de no estar a la altura. Las imágenes perfectas y los logros ajenos, aun cuando no sean reales, se transforman en una fuente de ansiedad y frustración que los jóvenes cargan en silencio.
Otro elemento preocupante es la falta de apoyo emocional real y consistente, pues, aunque se habla cada vez más de salud mental, muchos hogares y escuelas siguen sin ofrecer espacios seguros para expresar lo que se siente. La tristeza, el miedo o la confusión muchas veces se minimizan o se tachan de exageraciones. Esto lleva a que muchos adolescentes oculten sus emociones, acumulen tensiones y no sepan cómo pedir ayuda, profundizando el aislamiento y el malestar.
Por otro lado, las experiencias difíciles en el entorno familiar o social también influyen profundamente. La adolescencia es una etapa sensible, en la que los jóvenes enfrentan cambios internos y externos significativos. Situaciones como el divorcio de los padres, la violencia intrafamiliar o la pérdida de un ser querido pueden desencadenar crisis emocionales profundas. La experiencia de la pandemia por COVID-19 intensificó muchas de estas vivencias: el encierro, la desconexión con los pares, el miedo y la incertidumbre dejaron una huella que sigue presente, y que ha incrementado los niveles de ansiedad y depresión en esta generación.
Es importante señalar cómo la desconexión con uno mismo y con el entorno natural también afecta el bienestar. Muchos adolescentes viven con una agenda llena de actividades, sin tiempo para el descanso, la contemplación o el autocuidado. La falta de contacto con la naturaleza, la exposición constante a pantallas y la carencia de espacios donde puedan moverse libremente, jugar o simplemente estar, contribuyen a una sensación de agobio constante. Es necesario recuperar momentos de calma, de conexión con el cuerpo, de silencio y de juego no estructurado.
Consecuencias de la ansiedad y la depresión en los jóvenes
No atender los síntomas de ansiedad o depresión en la adolescencia puede tener repercusiones profundas y duraderas. Estas condiciones afectan no sólo el estado emocional de los jóvenes, sino múltiples aspectos de su vida cotidiana. El rendimiento académico suele deteriorarse, y con ello, aparece un mayor riesgo de abandono escolar. También se vuelven más frecuentes las dificultades para establecer relaciones sanas y estables con sus pares, generando aislamiento y sensación de incomprensión.
Cuando el malestar emocional no encuentra un cauce adecuado, algunos jóvenes recurren a conductas de riesgo como el abuso de sustancias o la autolesión, en un intento desesperado por gestionar el dolor interno. A largo plazo, la autoestima se ve afectada, se limitan las oportunidades de desarrollo personal y profesional, y se obstaculiza la construcción de una identidad saludable y resiliente.
La adolescencia, además, es una etapa clave para el desarrollo cerebral. Las experiencias de estrés prolongado pueden alterar el funcionamiento neurológico, dejando huellas que incrementan el riesgo de padecer otros trastornos de salud mental en la adultez. Por ello, detectar, comprender y acompañar estos procesos desde edades tempranas no sólo es urgente, sino una forma concreta de cuidar el futuro de nuestras juventudes.
Recomendaciones para prevenir y atender la ansiedad y la depresión en la juventud
La prevención y el cuidado de la salud mental juvenil no debe recaer exclusivamente en especialistas. Padres, madres, docentes y personas adultas cercanas pueden tener un papel fundamental si cuentan con información adecuada y voluntad para acompañar. Algunas recomendaciones importantes son:
- Fomentar la comunicación abierta y sin juicio, pues la población adolescente y joven necesita sentirse escuchada y validada. Un entorno donde puedan hablar de sus emociones sin temor a ser ridiculizados o regañados es un espacio que protege. La escucha empática es una herramienta poderosa para la prevención.
- Establecer expectativas realistas es esencial, así como enseñar a los jóvenes que equivocarse, dudar o cambiar de opinión forma parte del crecimiento. El perfeccionismo o la presión excesiva por destacar pueden agravar síntomas de ansiedad. Necesitan saber que su valor no depende únicamente de sus logros.
- Reducir el tiempo en pantallas y redes sociales en el entorno cotidiano de adolescentes y jóvenes es fundamental, así como ayudarles a establecer límites. Los espacios de desconexión digital, como actividades familiares, paseos o lecturas, les permiten reconectar consigo mismos y con los demás de forma más auténtica.
- Incentivar el autocuidado y el contacto con la naturaleza, llevando a cabo caminatas al aire libre, juego, actividades recreativas y artísticas, deporte y otras formas de descanso activo, ya que son prácticas que favorecen la regulación emocional. Estas actividades no son un lujo, son una necesidad para la salud mental.
- Hablar abiertamente sobre salud mental y normalizar temas como el estrés, la tristeza, el miedo o el deseo de buscar ayuda, lo cual permite que los jóvenes entiendan que no están solos. La información clara y accesible puede derribar mitos, reducir el estigma y facilitar que pidan apoyo cuando lo necesitan.
- Buscar ayuda profesional cuando sea necesario, sobre todo cuando los síntomas de ansiedad o depresión se prolongan o se vuelven más intensos. Buscar apoyo terapéutico especializado es fundamental y puede marcar una gran diferencia. Los especialistas en salud mental no solo ayudan a comprender el malestar emocional, sino que también ofrecen herramientas para transitarlo, afrontarlo y, en muchos casos, transformarlo en un proceso de crecimiento interior. Sin embargo, también es válido reconocer que no todo debe convertirse en aprendizaje, hay experiencias que simplemente necesitan ser sanadas, atravesadas y dejadas atrás. Soltar también es sanar.

Escuchar, acompañar y actuar: nuestro papel en la prevención del suicidio juvenil
La ansiedad y la depresión en jóvenes no son meros estados de ánimo pasajeros, son llamados de atención que muchas veces emergen en silencio. Ante esta realidad, el Día Mundial para la Prevención del Suicidio nos recuerda que cada vida cuenta y que todas las personas, madres, padres, docentes, amistades y profesionales, tenemos una labor urgente y colectiva: sostener, observar, hablar, contener y proteger. Todos, todas, podemos brindar acompañamiento que alguien necesita. Recuerda: podría tratarse de nuestro hijo, de nuestra hija, de nuestro mejor amigo o amiga.
Si eres joven y sientes que tu mundo se nubla, tu dolor importa, tu vida vale, y no estás solo o sola, aunque en momentos difíciles sientas que es así; siempre hay alguien que puede brindarte ayuda. Si eres madre, padre o acompañante, escucha sin juicio, valida, pregunta sin presionar. Y si no sabes cómo ayudar, busca apoyo profesional.
En México, contamos con la Línea de la Vida: 800 911 2000, la cual funciona permanentemente para brindar acompañamiento o asesoría psicológica en caso de necesitarlo, y además ofrece un portal con recursos educativos y materiales didácticos que pueden ser consultados por adolescentes, jóvenes y cualquier persona interesada en conocer más del tema o desarrollar acciones que contribuyan a la salud, al bienestar y a la prevención del consumo de drogas entre adolescentes y jóvenes.
Más información
- Portal Línea de la vida. Gobierno de México. https://www.gob.mx/lineadelavida
- Portal sobre el suicidio. Organización Mundial de la Salud. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide
La autora es profesora e investigadora de la Universidad de Colima. Profesional clínico en trauma psicológico Nivel CPT-II. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Sus líneas de investigación son: procesos y prácticas educativas, educación e intervención en contextos comunitarios y desarrollo saludable.
