TikTok y la viralización de los estereotipos de género: una pantalla que no solo entretiene, sino que también perpetua

Colima,(01-08-2025).-En la era del scroll infinito, pensar se ha vuelto un acto revolucionario.

En 2020, México recibió su primer caso confirmado de COVID-19. Lo que siguió fue una cascada de consecuencias que todos conocemos: confinamiento, crisis económica, colapso del sistema de salud, inestabilidad emocional y un reordenamiento abrupto de la vida cotidiana. Sin embargo, algo más comenzó a desarrollarse mientras millones de personas permanecían en casa: la inmersión profunda en contenidos digitales, principalmente a través de redes sociales y plataformas de video.

En ese contexto, TikTok, una aplicación que antes parecía dirigida solo a adolescentes que hacían bailes virales, se posicionó como una de las plataformas más populares del mundo. Cinco años después, su influencia no solo sigue vigente, sino que ha moldeado hábitos, discursos y estéticas con una fuerza tan sutil como contundente.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2024), en México, el 84.1% de los hombres y el 82.3% de las mujeres son usuarios de internet. El rango de edad con mayor presencia digital se encuentra entre los 18 y 24 años, con un 97% de conectividad, y de ellos, más del 90% utiliza internet para acceder a redes sociales. Entre todas, TikTok lidera con un formato simple pero eficaz: videos cortos, altamente visuales, emocionalmente cargados y regidos por un algoritmo sofisticado que personaliza el contenido.

Los algoritmos como arquitectos de nuestras realidades

TikTok no es una simple plataforma de comunicación: es un sistema de recomendación algorítmica que mide y ajusta cada segundo de contenido que consumes. Lo que ves no es accidental; es el resultado de múltiples variables que van desde tus interacciones (likes, comentarios, tiempo de visualización) hasta tus características demográficas y geográficas. Bajo esta lógica, el algoritmo no solo muestra lo que te gusta, sino que te enseña a gustar lo que muestra.

Aquí es donde entra en juego un fenómeno complejo: la reproducción y viralización de estereotipos de género. Si un contenido con roles tradicionales de masculinidad o feminidad recibe atención, el sistema lo impulsa aún más. De este modo, TikTok puede convertirse en una cámara de eco donde se fortalecen patrones de conducta, estética y pensamiento que refuerzan la desigualdad y la discriminación.

El consumo digital que esta entre lo aspiracional y lo violento, aunque tiktok se ha presentado como una herramienta de democratización del contenido, también ha sido acusado de fomentar una cultura de hiperconsumo. No sólo hablamos de productos físicos, sino también de consumo ideológico, emocional y simbólico. Los usuarios no solo compran lo que ven; asimilan formas de pensar, cuerpos ideales, formas de ser mujer, hombre o influencer.

Desde esto discursos de “autoayuda” que disfrazan la misoginia con retórica motivacional, hasta coreografías que sexualizan a menores o trivializan las violencias de género, el espectro es amplio y preocupante. Se ha documentado incluso la proliferación de contenidos clasistas, racistas, xenófobos y capacitistas, en muchos casos disfrazados de humor o sátira, sin embargo, ¿hasta dónde termina esta libre expresión que promete esta red social?

En esta plataforma destacan los llamados influencers, personas con una gran cantidad de seguidores que logran moldear opiniones, gustos y actitudes. El problema no es la influencia en sí, sino el vacío de legitimidad que suele acompañarla. En TikTok abundan los entrenadores motivacionales, gurús de la salud o coaches de masculinidad que carecen de formación profesional, pero se presentan como expertos. Esto no solo genera desinformación, sino que normaliza la dominación  basada en carisma digital y no en evidencia científica o ética profesional.

Una pantalla que forma y deforma: cuando el algoritmo premia la polarización

Un ejemplo reciente que evidencia esta dinámica fueron los discursos entre el futbolista Javier “Chicharito” Hernández y El Temach, un creador de contenido vinculado con la llamada manosfera, un conglomerado de influencers que promueven visiones retrógradas sobre la masculinidad, muchas veces con tintes misóginos.

El video se viralizó de inmediato. ¿Por qué? Porque el algoritmo detectó un patrón: controversia, polarización, emociones fuertes. TikTok, como casi todas las redes sociales, premia lo que genera clics y comentarios, no lo que fomenta pensamiento crítico. La controversia no fue un error del sistema, sino un combustible,  un empujón para visibilizar la problemática social, cultural y política que persiste en nuestro país en torno al machismo y la violencia de género. Este fenómeno no hizo más que evidenciar que los roles de género siguen profundamente arraigados en muchos hogares mexicanos, donde a las mujeres se les sigue asignando el papel de cuidadoras y responsables del ámbito doméstico, mientras que a los hombres se les reserva el rol de proveedores, estereotipos que por décadas se han intentado erradicar. Este caso desató un debate popular sobre la responsabilidad de las figuras públicas, el tipo de mensajes que circulan entre los jóvenes y, sobre todo, cómo los algoritmos no son neutrales, sino filtros que amplifican lo que consideran rentable.

TikTok, como una herramienta de expresión, no es en sí ni buena ni mala. Lo que resulta clave es entender que no estamos frente a un simple pasatiempo, sino ante una estructura que moldea la percepción social. La idea de que los algoritmos son imparciales es falsa: replican las preferencias mayoritarias, pero también los prejuicios dominantes.

Ante esto, el reto no es dejar de usar TikTok, sino aprender a decodificarlo, desarrollar el pensamiento crítico y la responsabilidad social. Como sociedad, y especialmente desde la educación, es urgente fomentar una ciudadanía digital crítica: que los jóvenes no solo reproduzcan lo que ven, sino que puedan preguntarse por qué lo ven, quién lo produce y a quién beneficia.

Reflexiones finales

Nos encontramos en un momento decisivo, tanto social como digitalmente. La forma en que nos comunicamos, nos informamos y construimos identidad está atravesada por pantallas que no solo transmiten contenido, sino que también filtran el mundo bajo la lógica de lo que es rentable, viral o entretenido. Las redes sociales, y en particular TikTok, se han convertido en los nuevos espacios públicos donde se negocian los valores, los cuerpos, los discursos y los roles sociales. Pero estos espacios no son neutros: están diseñados para influir, para moldear, para atrapar.

El reto no está en apagar las pantallas, sino en encender la conciencia. Estamos ante una generación que aprende a través del desplazamiento, que forma parte de comunidades digitales donde los likes parecen validar la realidad. Por eso, el sector educativo, desde la educación básica hasta la universidad, tiene hoy una tarea urgente y monumental: formar ciudadanos digitales críticos, conscientes, éticos y capaces de leer más allá de la superficie.

No basta con enseñar a usar la tecnología; es necesario enseñar a interpretarla y cuestionarla. Debemos dotar a estudiantes, docentes y familias de herramientas para identificar discursos de odio, violencias normalizadas, y estereotipos disfrazados de inspiración. Hoy más que nunca, se disfrazan formas de opresión bajo frases como “sé la mejor versión de ti”, “los hombres ya no pueden ser hombres” o “las mujeres deben volver a lo natural” discursos que no hace más que perpetuar la violencia en la sociedad. El problema no es el discurso motivacional en sí, sino cuándo este se convierte en un caballo de Troya para reproducir machismo, racismo, gordofobia, clasismo o misoginia, todo envuelto en retos virales, música de fondo y belleza.

El algoritmo no distingue si un contenido es educativo, violento o misógino; lo único que mide es si genera atención. Nos toca a nosotros decidir qué hacer con esa atención. ¿La dejamos ser moldeada por intereses comerciales o la usamos como punto de partida para una conciencia social más amplia?

En este panorama, el aula no puede seguir siendo un espacio aislado del mundo digital. Tiene que ser un espacio que dialogue con él, lo interrogue, lo desmonte y lo reconstruya. Porque educar hoy también significa enseñar a navegar en un mar de datos, apariencias y discursos que nos hablan todo el tiempo, incluso cuando creemos que solo estamos viendo un video corto para pasar el rato.

Frente a una red social que premia lo superficial, lo viral y lo inmediato, el pensamiento crítico es el verdadero contenido que debe volverse tendencia. No es un lujo intelectual, es una necesidad urgente. Y cada docente, estudiante, familia y ciudadano tiene un rol fundamental en esta transformación. No basta con saber que las tendencias existen; hay que preguntarse qué están haciendo con nosotros y qué queremos hacer con ellas.

La autora es Licenciada en Enseñanza de las Matemáticas por la Universidad de Colima, concluyó la Maestría en Intervención Educativa y se desempeña como profesora de Educación Básica.

Correo: agutierrez59@ucol.mx