Una pausa: cuando el mundo se detiene para resignificar la vida
Por: Jahel Cisneros Olivera y Mireya Sarahí Abarca Cedeño/// Ágora Digital
- «No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,liberar el lastre, retomar el vuelo». No te rindas, de Mario Benedetti. (fragmento)
Colima,(30-05-2025).-Hay momentos en que el mundo se detiene. No como metáfora, sino como experiencia tangible, física, emocional. A veces es por una pérdida, una crisis, una decisión equivocada. Otras veces por algo que no controlamos, como una sanción, una detención, una circunstancia límite. En esos momentos no hay más que mirar hacia dentro, aunque no siempre queramos. Este texto surge de una de esas pausas. Una pausa que no fue elegida por quien la vive, pero sí puede ser habitada de una manera transformadora.
Quienes escriben desde esta pausa son jóvenes de entre 17 y 19 años. No están en sus casas, no están en sus escuelas, ni en sus barrios. Están en un espacio de encierro. Pero no escriben desde la culpa ni desde el castigo, escriben desde un presente que, con todo lo que implica, les ha dado algo que a veces afuera no se permite: la oportunidad de pensar, de sentir, de nombrarse y de reencontrarse.
Este texto recoge sus palabras y las entreteje con nuestras reflexiones como acompañantes: una pedagoga y una psicóloga. También está guiado por las voces de autoras que, a través de sus textos, nos han ayudado a comprender con mayor profundidad los procesos que aquí se viven: de Marian Rojas Estapé, con su libro Encuentra tu persona vitamina y Anabel González, con su reciente libro Lo que no pasó.
Extrañar como forma de resistencia
“B”* siempre tiene una mirada atenta y escucha desde la pausa; al momento de realizar este ejercicio sus ojos se nublaron en más de una ocasión; su sensibilidad no se oculta, nos la comparte con confianza:
“No estoy donde quiero estar, pero sí donde debo estar. (…) extraño a mi madre, a mi hermana, primos y amigos; extraño el olor de mi cuarto; (…) extraño mi libertad, y con ello me refiero a expresarme tal cual soy y no seguir aparentando ser otra persona o sentirme atado a ser ese niño bien portado”.
En esta afirmación no hay resignación. Hay un ejercicio de conciencia, de autenticidad. Extrañar no es sólo nostalgia, es una forma de decir lo que aún importa, lo que da sentido. En tiempos donde muchos jóvenes crecen sin espacio para pensar en sus vínculos, este chico da un paso crucial: reconoce lo que le sostiene y también lo que le ha dado el valor y fuerza para seguir, eso que coloquialmente llamamos: – “no tirar la toalla”.
Marian Rojas, en Encuentra tu persona vitamina, sostiene que lo que da estabilidad emocional no es la perfección del entorno, sino la existencia de al menos una persona significativa, coherente y afectuosa con la que hayamos establecido una conexión profunda. Esa “persona vitamina” puede ser una madre, un amigo, una hermana, incluso un recuerdo. El joven que escribe recuerda a su madre cocinando, el olor del aceite, el calor del cuarto. Ahí hay un anclaje emocional que sostiene.
El juicio ajeno y la voz propia
“M” en cada sesión observa desde el interior, desde su gusto por la lectura, por la filosofía, que se deja ver en muchos de sus comentarios; escribe con una claridad brutal:
“Comprendí que a veces los verdaderos parásitos se encuentran entre la sociedad y no dentro de estas cuatro paredes. (…) No busco encajar, solo estoy entre las olas del inmenso mar llamado vida”.
Este texto no es una defensa. Es un posicionamiento. Es un intento, valiente, de decir: “no soy lo que ustedes piensan que soy”. En un entorno donde el juicio social pesa más que el deseo de comprender, estas palabras son un acto de afirmación de identidad. Nombran la incomodidad de vivir bajo mirada constante y la necesidad de encontrar una forma propia de habitar el mundo.
Anabel González, en Lo que no pasó, explica que el trauma también se gesta en la experiencia sostenida de no ser visto por lo que se es. Ser juzgado por el entorno sin la posibilidad de explicarse provoca una herida emocional profunda que se convierte en rabia o desconexión. Pero aquí, en la escritura, estos jóvenes se permiten existir más allá del estigma.
Y hay más. “M” también reconoce su contradicción:
“No sé vivir bajo un juicio, tampoco se puede juzgar a alguien por el lugar de donde viene, pero sí por lo que aporta”.
Una frase que podría haber sido escrita por cualquier persona adulta, desde su madurez. Este chico no niega lo que ha hecho, pero pone el foco en lo que puede ser. En su capacidad de aportar. No pide compasión, pide perspectiva.
Detenerse y mirar: una pedagogía del tiempo
Desde su cautela, desde esa manera al principio desconfiada y precavida de acercarse, “Fer” lo dice con una imagen potente:
“Para mí estar aquí es un alto, es detener ese deportivo que va a 200 km/h y mirar a mi alrededor, mirarme a mí”.
Vivimos en una época que glorifica la velocidad. A las y los jóvenes se les exige saber qué quieren ser desde temprana edad, adaptarse al sistema educativo, a las expectativas familiares, al mundo laboral. Y cuando fallan, se les castiga por no “responder”. Pero, ¿cuándo se detienen? ¿Cuándo pueden realmente preguntarse qué quieren? ¿Quiénes son?
“Fer” también escribe:
“Aceptar que las cosas no siempre se darán como uno quiere, pero sí como uno las necesita. (…) Entender que mi pasado no me define, pero la persona que soy sí”.
Aquí hay un proceso terapéutico en acción. No porque haya un profesional de por medio, sino porque hay reflexión, resignificación y proyección. Como lo explica Anabel González, para que la herida deje de doler, no basta con sobrevivir: hay que dotarla de sentido. Este joven no se victimiza, no evade, tampoco olvida. Mira de frente, y desde ahí, redefine.
La pausa como oportunidad para decidir distinto
“Eduardo” sabe que porta una máscara de dureza, la conoce bien porque la ha tenido que construir y usar muchas veces; la vida no le ha sido fácil y así reflexiona:
“Estar aquí es ponerme pensar en qué terminará mi vida si decido volver a lo mismo (…) darme cuenta quiénes, a pesar de las acciones que tomé, siempre han estado para mí (…) El fracaso es solo la oportunidad de empezar de nuevo, esta vez de manera más inteligente”.
“Eduardo” se permite ahora pensar en su futuro, pero no desde el miedo, sino desde la elección. Ha constuído una mirada autocrítica, con gratitud y con la valentía de imaginarse de otro modo. No todos los jóvenes pueden lograrlo. Porque no todos tienen condiciones mínimas de seguridad afectiva para hacerlo.
Marian Rojas dice que cuando el cerebro se encuentra en modo “alerta constante” (hipervigilancia emocional), no es capaz de construir proyectos. Solo sobrevive. En este caso, el encierro, paradójicamente, ha dado lugar a cierta pausa que permite a algunos chicos bajar la guardia, respirar y planear.
Cuando el acompañamiento también transforma
Como adultas, también hemos sido tocadas por esta experiencia. El acercamiento desde nuestra formación profesional, desde la pedagogía y la psicología, cuando se hace con presencia real, no sólo enseña, también transforma:
“Estar aquí ha significado toparme con golpes de realidad y saber que la vulnerabilidad desde tantos enfoques nos hace compartir y al final nos vuelve parte de un todo. Somos humanos intentando sobrevivir para algún día vivir”. Jahel.
“Algo dentro de mí supo que debía venir… ahora que estoy aquí he disfrutado cada sesión; me sorprenden los chicos, su atención, su capacidad de escucha, su mirada y su voz reflexiva”. Mireya.
Lo que ocurre en estos encuentros no es casualidad. Es resultado de un espacio seguro, donde se suspenden temporalmente los juicios, los expedientes, las etiquetas. Es entonces cuando aparece lo más importante: la palabra como forma de autorreconocimiento, la mirada del otro como posibilidad de reconfigurar el yo. El vínculo como lugar de reparación.
Volver a empezar, sí… pero desde la experiencia
Uno de los jóvenes escribió:
“Muchas veces he querido tirar la toalla, pero siempre recuerdo los lugares donde he estado y son más graves que este, y me da la fuerza para recordar la capacidad que reside dentro de mí”. “B”.
No hay romanticismo en estas palabras. Hay fuerza, hay consciencia. Hay historia. Lo que estos jóvenes nos muestran no es una versión azucarada del cambio, nos muestran que la transformación, cuando sucede, es lenta, dolorosa, conflictiva, llena de contradicciones, pero posible; difícil de creer, pero sí, sí es posible.
Como dicen tanto González como Rojas, no se trata de “rehacer la vida” desde cero, sino de tomar la vida con lo que ya hay, con lo que dolió, con lo que sigue latiendo. Y desde ahí, reconstruir, con vínculos más sanos, con narrativas menos rotas, con acompañamientos verdaderos.

Este texto no es un cierre, es una invitación. A leer a estos jóvenes sin paternalismo, a escucharlos sin juzgar. A preguntarnos, como sociedad, qué necesitamos hacer para que el dolor no tenga que expresarse solo a través del encierro.
Como dijo “Fer”: “La vida es muy corta como para no tener una sonrisa en la boca”.
Y como también escribió “B”: “Lo que realmente sé es que saldré adelante”.
Esas frases no deben dejarse pasar como notas optimistas. Son afirmaciones construidas desde la conciencia de haber tocado fondo, de haber vivido lo que no se esperaba, de haber sentido el miedo y la vergüenza, pero también el afecto, el asombro; el inicio de una posible reconciliación.
Porque cuando el mundo se detiene, si alguien nos acompaña a mirar, a nombrar y a sentir, esa pausa puede convertirse en el inicio de una nueva manera de habitar la vida.
* En el texto se utilizan los nombres elegidos por los propios jóvenes o una inicial para nombrarlos; se colocan en cursiva, así como sus ideas compartidas para este escrito.
Más información
- Marian Rojas Estapé. (2021). Encuentra tu persona vitamina. En la familia, en la pareja, en los amigos, en el trabajo. Espasa.
- Anabel Gonzalez. Lo que no pasó. Cómo curar las heridas que nos deja el abandono, la ausencia y las pérdidas. Planeta.
Jahel Cisneros Olivera es docente en la Escuela de Trabajo Social Vasco de Quiroga y titular del Área de Pedagogía del Centro de Internamiento del Instituto Especializado en la Ejecución de Medidas para Adolescentes del estado de Colima.
jahelcisnerosolivera@gmail.com
Mireya Sarahí Abarca Cedeño es profesora e investigadora de la Universidad de Colima. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Sus líneas de investigación son: procesos y prácticas educativas, educación e intervención en contextos comunitarios y desarrollo saludable.
