Colima,(03-07-2026).-En este Mundial que se juega estos días en Norteamérica ha ocurrido algo que, visto de cerca, dice más sobre nosotros que sobre el futbol. Junto a los periodistas deportivos de siempre —esos que se saben las alineaciones de memoria y llevan décadas leyendo el juego— aparecieron en las zonas de prensa de los estadios decenas de creadores de contenido. No es un accidente: la FIFA firmó una alianza con TikTok y acreditó a «creadores corresponsales» de una docena de países, con acceso a conferencias y entrenamientos que antes estaban reservados a la prensa profesional. La reacción no se hizo esperar: periodistas de distintos países denunciaron que se los desplaza en favor de perfiles que califican, no sin dureza, de «poco cualificados».

Podría parecer una simple pelea gremial. Pero si uno se detiene, encuentra ahí un síntoma de algo mucho más amplio, algo que la filósofa Anne Alombert analiza con lucidez en su libro Esquizofrenia digital (2025). Su tesis, en pocas palabras: las redes sociales no solo cambian lo que vemos, cambian nuestra manera de relacionarnos con los demás. Y lo hacen empujándonos, casi sin darnos cuenta, hacia la competencia y el aislamiento. Vale la pena entender cómo, porque nos toca a todos como ciudadanos.

Cuando mirar se convierte en competir

Alombert parte de una observación sencilla: en las redes, todo se cuenta. Likes, seguidores, visualizaciones, reproducciones. Y en el momento en que algo se cuenta, se puede comparar; y cuando se puede comparar, empieza la competencia. «La cuantificación de las visualizaciones instaura relaciones de competencia», escribe. El problema es que solo unos poquísimos usuarios alcanzan millones de seguidores, mientras la inmensa mayoría permanece, en sus palabras, «privada para siempre» de esa visibilidad. El resultado es un sentimiento sordo y creciente de frustración y de envidia.

Aquí la autora recupera una idea del pensador René Girard: el deseo mimético. Dicho en simple, deseamos lo que el otro tiene, o queremos gustar de lo que a otros les gusta. Las plataformas no solo lo saben: lo explotan. Cuando una aplicación nos sugiere un contenido «porque a otros les gustó», está apostando precisamente a ese mecanismo. Y ese mismo motor es el que llevó a los creadores de contenido a las gradas del Mundial: no necesariamente porque sepan más de futbol, sino porque acumulan miradas, y las miradas hoy valen más que el conocimiento. La consecuencia es reveladora. Como advierte Alombert, estos comportamientos no crean comunidades de pares —aficionados que conversan entre iguales—, sino multitudes agrupadas en torno a una figura que ya goza de notoriedad. Se pasa de ser una comunidad de aficionados y aficionadas que discute el partido a ser una audiencia que sigue a una celebridad.

Del rival simpático al enemigo necesario

Hasta aquí, podría sonar inofensivo. Pero Alombert señala un giro más inquietante. Como la mayoría nunca conseguirá suficientes visualizaciones, esa frustración busca una compensación: la pertenencia a un grupo. Y con frecuencia, ese grupo se cohesiona no en torno a un proyecto común, sino en oposición a un enemigo. La agresión entre individuos se reorienta entonces hacia una «víctima designada colectivamente». La autora lo llama, con crudeza, el «negocio del odio»: la indignación y la hostilidad son rentables porque generan interacción, y la interacción es el combustible del modelo.

Lo vemos cada temporada en el deporte, pero también en la política y en la conversación cotidiana: la descalificación al árbitro, la burla al rival, el linchamiento digital del jugador que falló. No es que seamos peores personas que antes; es que el sistema premia y amplifica nuestras peores reacciones, porque son las que más enganchan. El propio debate entre periodistas e influencers, que en el fondo podría ser una conversación valiosa sobre cómo contar el deporte, deriva rápido en trincheras y ataques personales. El diseño nos invita a competir y a pelear, no a comprender.

Lo que se empobrece: el encuentro con el otro

El corazón del planteamiento de Alombert es este: cuando todo se vuelve competencia y cálculo, lo que se deteriora es nuestra capacidad de relacionarnos de verdad. Ella lo ilustra con las aplicaciones de citas, donde el encuentro amoroso —por naturaleza imprevisible y sorprendente— se reduce a «una elección racional entre varias opciones o a un acto de consumo». O con los asistentes conversacionales que prometen escucharnos siempre y darnos siempre la razón. Pero, apunta, «una conversación no consiste en recibir información calculada a partir de patrones»: conversar de verdad implica enfrentarse a alguien que nos ofrece resistencia, que nos sorprende, que nos transforma. Una relación que solo nos devuelve nuestro propio reflejo no es una relación con el otro, sino con nosotros mismos.

Ahí está el núcleo del asunto. La amistad, recuerda la autora, «se teje gracias a los recuerdos, las prácticas o deseos compartidos», no por imitar los gustos de la mayoría ni por acumular seguidores. Lo que las plataformas ofrecen abundante —contactos, likes, matches— no es lo mismo que lo que de verdad nos nutre: vínculos que resisten el tiempo y nos cambian.

Una tarea de todos

Conviene decirlo con claridad, para no caer en el pesimismo fácil: el problema no es el futbol, ni las redes, ni siquiera los creadores de contenido, muchos de los cuales hacen un trabajo valioso y creativo. El problema es un modelo que convierte la atención en mercancía y, para lograrlo, nos empuja a competir, a compararnos y a enfrentarnos. Reconocerlo no nos vuelve amargados; nos vuelve más lúcidos.

Y esta lucidez es, ante todo, una tarea ciudadana. Cada vez que elegimos escuchar a quien sabe por encima de quien solo grita más fuerte; cada vez que preferimos la conversación matizada al insulto viral; cada vez que valoramos el vínculo que construye sobre la novedad que solo entretiene, estamos, en pequeño, disputándole terreno a ese modelo. La salud de nuestra convivencia —en el estadio, en las redes y en la plaza pública— depende de que no confundamos popularidad con valía, ni ruido con conversación. El Mundial pasará; la pregunta de qué clase de público, y qué clase de sociedad, queremos ser, se queda con nosotros.

Más información:

Alombert, A. (2025). Esquizofrenia digital: La crisis del espíritu en la era de las nuevas tecnologías (F. Mugica, Trad.). Letra Sudaca Ediciones. (Obra original publicada en 2023).

Para ampliar el tema audiovisualmente, pueden consultarse el documental El dilema de las redes (Netflix, 2020) y la serie Black Mirror (episodio «Nosedive»/»Caída en picada»), útiles para ilustrar la lógica de la cuantificación social.

Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.

Correo: jcuevas0@ucol.mx