La fábrica de la distracción: lo que las pantallas saben de nosotros
Por Julio Cuevas Romo///Ágora Digital
Colima,(05-06-2026).-Es de noche en casa. La cena terminó hace rato y, sin que nadie lo decidiera del todo, cada quien terminó con un teléfono en la mano. La madre revisa un video que lleva a otro video; el padre desliza el pulgar hacia arriba en una sucesión interminable de noticias; la hija adolescente sonríe a una pantalla que ilumina su cara en la penumbra. Nadie está haciendo nada malo. Y, sin embargo, algo se rompió: las miradas ya no se cruzan, la conversación se apagó, el tiempo compartido se disolvió en mil estímulos diminutos. Si esta escena le resulta familiar, no está solo ni es culpa suya. Lo que ocurre en esa mesa no es un defecto de voluntad: es, en buena medida, el resultado de un diseño.
La filósofa francesa Anne Alombert lo plantea con claridad en su libro Esquizofrenia digital (2025), recién traducido al español. El título no alude a la enfermedad psiquiátrica, sino que recupera su raíz griega —schizo, dividir, escindir— para nombrar una experiencia que muchos reconocemos: vivimos «hiper-solicitados y agotados», fragmentados entre una multitud de estímulos que reclaman nuestra atención al mismo tiempo. Estamos más conectados que nunca y, paradójicamente, «cada vez menos con los otros y más con nosotros mismos, con nuestros dobles digitales». La pregunta que nos interesa aquí, desde la educación, no es si las pantallas son buenas o malas. Es otra, más útil: ¿por qué nos cuesta tanto soltarlas?
No es magia: es ingeniería
La respuesta tiene nombre y apellido, y conviene conocerla. En 1998, mucho antes de que existieran los teléfonos inteligentes, el investigador B. J. Fogg fundó en la Universidad de Stanford el Laboratorio de Tecnología Persuasiva (hoy Behavior Design Lab). Allí se estudió, de manera sistemática, cómo las computadoras pueden diseñarse para cambiar lo que las personas creen y hacen. Fogg formuló un modelo sencillo y poderoso: una conducta ocurre cuando coinciden tres elementos —motivación, capacidad y un disparador—. Traducido a la vida diaria: si una aplicación es fácil de usar, nos genera ganas de abrirla y, además, nos manda una notificación en el momento justo, lo más probable es que la abramos. Una y otra vez.
De ese laboratorio salieron varios de los diseñadores que después construyeron las redes sociales que hoy usamos. Es importante subrayarlo para entender el punto de Alombert: lo que sentimos como falta de fuerza de voluntad es, en realidad, el encuentro entre dos disciplinas muy serias puestas al servicio de un negocio. La primera es el diseño conductual, que estudia cómo provocar comportamientos: el desplazamiento infinito que nunca nos da un punto natural para detenernos, el «deslizar para actualizar» que funciona como una máquina tragamonedas, el punto rojo de la notificación que imita una señal de alarma. La segunda es la psicología cognitiva, que estudia cómo funcionan nuestra atención, nuestra memoria y nuestras emociones, y que permite anticipar qué contenido nos mantendrá mirando. No es brujería ni casualidad: es conocimiento científico aplicado con enorme precisión.
Aquí Alombert hace una observación genealógica que vale la pena recoger. Estas estrategias no nacieron con internet. Las heredamos de una larga tradición que va del diseño publicitario a las técnicas de captación de la atención, y que se entrelaza con una lógica económica donde nuestro tiempo de mirada se volvió la mercancía. La autora lo llama «explotación atencional»: en la carrera por nuestra atención, cada plataforma necesita ser más eficaz que la anterior para retenernos, porque ese es, literalmente, su modelo de negocio.
Un documental que pone rostro al asunto
Para quien quiera ver todo esto explicado de forma accesible, recomiendo ampliamente el documental El dilema de las redes (Netflix, 2020), dirigido por Jeff Orlowski. Su gran acierto es dar la palabra a los propios ingenieros y diseñadores que crearon estas tecnologías y que hoy advierten sobre sus efectos. Uno de ellos, Tristan Harris —quien estudió justamente en aquel laboratorio de Stanford—, lo resume con una frase que sirve para conversar en familia: «Si algo es una herramienta, simplemente está ahí, esperando con paciencia. Si algo no es una herramienta, te exige cosas: te seduce, te manipula, quiere algo de ti». Pensemos por un momento cuál de estos dos roles juegan nuestras pantallas en el día a día.

Lo que la educación puede aportar
Y es aquí donde quienes nos dedicamos a educar tenemos algo importante que decir. Soy partidario de prohibir el uso de redes sociales a menores de edad por la tremenda vulnerabilidad y el riesgo al que se exponen, pero con jóvenes universitarios el reto es otro. Frente al diseño conductual y la psicología cognitiva usados para capturarnos, la mejor respuesta no es prohibir la tecnología —algo, además, poco realista—, sino formar personas capaces de comprender cómo funciona aquello que usan. Alombert insiste en una distinción que en la escuela podemos volver cotidiana: una cosa es que una máquina calcule, y otra muy distinta es que un ser humano interprete, comprenda y decida. Lo primero es automático; lo segundo es propiamente pensar. Educar en tiempos digitales consiste, justamente, en cuidar esa capacidad de interpretar y no dejarla atrofiar.
Esto se traduce en alfabetización mediática y en lo que la propia autora llama «cultura técnica»: no basta con saber usar un dispositivo o aprender a programar; se trata de entender qué proyecto hay detrás del diseño de una aplicación, por qué aparece cierto contenido y no otro, a quién beneficia que pasemos más horas mirando. Un estudiante que entiende qué es un disparador o por qué el desliz infinito no tiene fin recupera una porción de su libertad. Pasa de ser un usuario capturado a ser un ciudadano crítico.
Para las familias, esto no exige convertirse en expertos. Algunas pistas sencillas, sin recetas ni culpas:
- Nombrar el mecanismo en voz alta. Decirle a un hijo «fíjate cómo esta app no te deja terminar nunca» ya es un acto educativo: vuelve visible lo invisible.
- Conversar más que vigilar. Preguntar qué vio, qué le gustó y por qué cree que la aplicación se lo mostró, además de controlar el tiempo de pantalla.
- Cuidar los espacios y los tiempos compartidos. Una mesa sin teléfonos no es una prohibición: es proteger la conversación, que es donde aprendemos a interpretar el mundo y a los demás.
- Predicar con el ejemplo. Los adultos también deslizamos sin parar; reconocerlo ante los hijos enseña más que cualquier sermón.
Volvamos a esa mesa de la cena del principio. La buena noticia es que la escena puede escribirse de otro modo, y no porque tengamos que renunciar a las pantallas, sino porque entenderlas nos devuelve la posibilidad de elegir. Saber que detrás de cada notificación hay un diseño pensado para capturarnos no nos vuelve paranoicos: nos vuelve más libres. Como sugiere Alombert, el desafío de nuestra época no es huir de lo digital, sino aprender a habitarlo con criterio. Y eso, que es una tarea de toda la sociedad, empieza en dos lugares muy concretos: el salón de clases y la mesa de casa.
Más información:
Alombert, A. (2025). Esquizofrenia digital: La crisis del espíritu en la era de las nuevas tecnologías (F. Mugica, Trad.). Letra Sudaca Ediciones. (Obra original publicada en 2023).
Orlowski, J. (Director). (2020). El dilema de las redes [Documental]. Netflix / Exposure Labs.
Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.Correo: jcuevas0@ucol.mx
