A cuarenta años de Saint Seiya: el bien común frente a la era del like

Colima,(24-10-2026).-Doce casas, doce horas y la vida de Atena, herida por una flecha, depende de que doce caballeros atraviesen el Santuario antes de que termine el tiempo. Hace algunos días, el 11 de octubre de este año para ser más preciso, se cumplen cuarenta años del estreno japonés del anime Saint Seiya, mejor conocido en Latinoamérica como Los caballeros del Zodiaco.

Quienes recuerden a Los Caballeros del Zodiaco probablemente conserve algún combate favorito. En esta ocasión propongo que nos detengamos en algo menos espectacular: no todos avanzan al mismo tiempo, pero el avance de uno depende de lo que otros hacen por él.

Más que hacer un recuento nostálgico de armaduras, me interesa recuperar una idea que aquella historia de los Caballeros y Atena cuidándose entre sí, nos permite discutir: nuestras capacidades no pierden valor cuando contribuyen al bienestar de otras personas. Pero el cuidado solo puede sostener una comunidad justa si no se convierte en una obligación permanente para las mismas personas. También importa quién cuida, en qué condiciones y qué apoyos recibe para que esa responsabilidad sea compartida.

En la casa de Libra, Shiryu libera a Hyoga de su ataúd de hielo y Shun decide quedarse para intentar salvarlo. Mientras unos continúan, otro permanece cuidando. Leída desde ahí, la escena plantea una pregunta incómoda para nuestra época: ¿quedarse a cuidar a alguien es quedarse atrás?

Una fuerza que no pertenece a una persona.

En su investigación sobre la serie, Gómez Villamil recupera la importancia del equipo y del aprendizaje a través de los errores, pues el saber no se concentra en un solo personaje. Esta forma de verlo permite desplazar la atención del individuo excepcional, algo más común en personajes occidentales, hacia las relaciones que hacen posible su avance.

Por su parte Sayar, al estudiar los vínculos familiares en los mangas de la franquicia, describe una comunidad articulada por compromisos e ideales compartidos, y el pertenecer supone reconocer que lo que les sucede a otras personas también nos concierne.

No se trata tampoco de desaparecer dentro de un colectivo. Cada quien puede conservar su carácter, sus capacidades y desde luego, sus desacuerdos; lo que cambia es la pregunta por su finalidad. ¿Para demostrar que valgo más que los demás o para contribuir a algo que ninguno podría sostener por separado? El bien común comienza cuando la necesidad ajena deja de parecernos un estorbo para nuestras metas.

Una red no es lo mismo que una audiencia

Desde esta lectura, me interesa cuestionar un ideal de éxito en el que los demás importan principalmente como espectadores, contactos útiles o escalones. No hace falta generalizar o acusar a toda una generación o un grupo de egoísmo. Basta preguntarnos qué ocurre cuando empezamos a valorar nuestras relaciones por el reconocimiento y las oportunidades que pueden proporcionarnos.

Las recompensas digitales participan en ese aprendizaje. Un estudio de Lindström analizó más de un millón de publicaciones y realizó un experimento en el que la cantidad de “me gusta” recibidos modificó el ritmo de publicación. El trabajo no demuestra por supuesto que las redes vuelvan egoístas a las personas; pero sí aporta evidencia de que esas recompensas influyen en cómo publicamos. En este sentido, la “aprobación” no es un adorno sin repercusión.

Desde el campo educativo, la preocupación está en lo que podemos terminar aprendiendo de esa lógica: que una acción vale por su visibilidad, que un vínculo importa por su rendimiento o su capitalización y que ayudar adquiere sentido cuando fortalece nuestra imagen. Es posible convertir incluso la solidaridad en una escena donde el beneficiario funciona como fondo y quienes “ayudan” ocupan siempre el primer plano. La pregunta deja de ser qué necesita la otra persona y pasa a ser qué dice de mí que me vean ayudándola.

Querer reconocimiento no es el problema. Lo es cuando confundimos ser reconocidos con ser necesarios para alguien, o tener seguidores con formar parte de una comunidad. Una audiencia puede aplaudirnos sin compartir ninguna responsabilidad con nosotros. Una red de apoyo, por otro lado, exige reciprocidad, tiempo y disposición para actuar incluso cuando nadie está mirando. Tampoco tiene sentido una propuesta para abandonar plataformas ni negar sus posibilidades para organizarse, compartir conocimientos e incluso acompañarse, pero es necesario distinguir lo anterior respecto a la competencia por convertir cada experiencia en una prueba pública de valor personal. La misma herramienta puede servir para convocar a resolver un problema común o para utilizar ese problema como escaparate.

Volvamos a las doce casas y en particular a la casa de Libra. Shun no sigue avanzando hacia el siguiente combate en lo que algunos puedan ver como una lógica de rendimiento individual, pues su decisión podría parecer una interrupción, pero desde el cuidado, forma parte del propósito. Esa diferencia permite preguntar cuántas contribuciones dejamos de reconocer porque no producen una imagen de lo que se nos vende como triunfo.

Aprender juntos no es competir en equipo

La pregunta también alcanza a la escuela. ¿Qué enseñamos cuando pedimos cooperación, pero hacemos que el reconocimiento dependa de sobresalir frente a los demás? ¿Qué lugar damos a quien explica con paciencia, escucha una dificultad o ayuda a reorganizar un trabajo sin convertirse en su rostro visible? No basta organizar equipos si cada compañero continúa siendo, en el fondo, un rival. Desde las pedagogías críticas, el asunto no se reduce a mejorar una técnica de trabajo grupal, pues no se aprende con otros solamente para rendir más sino para comprender una realidad y participar en su transformación.

Llevado a nuestras aulas, ese planteamiento invita a preguntar lo siguiente ¿Quién decide qué se estudia, qué saberes cuentan y a quién beneficia lo aprendido? También debemos preguntarnos por qué algunos conocimientos comunitarios se consideran secundarios frente a los académicos y qué barreras raciales, sociales o institucionales condicionan quiénes pueden producir conocimiento y ser reconocidos como autoridades.

Un proyecto colectivo podría partir de un problema del barrio, recuperar las experiencias y los conocimientos de quienes lo viven y construir respuestas junto con la comunidad. Para ello, no bastaría con recoger testimonio o peor aún, extraer datos, sino reconocer a las personas como participantes en la definición del problema, en la producción del conocimiento y en las decisiones sobre las soluciones, atendiendo a las desigualdades que condicionan su participación.

Defender lo colectivo no puede significar tampoco obedecer sin cuestionar, renunciar a la propia voz ni aceptar que siempre sean las mismas personas quienes se desgasten por todos. Una comunidad justa también cuida a quienes cuidan y su propósito no es consumir a sus integrantes, sino ampliar sus posibilidades de vivir y actuar juntos. Cuarenta años después, la travesía de los Caballeros por las doce casas puede ofrecer algo más que una celebración del esfuerzo personal y ayudarnos a cuestionarnos por quienes sostienen el camino y por lo que hacemos con aquello que aprendimos gracias a ellos. No todo avance se mide por el lugar al que llegamos; también por las posibilidades que dejamos abiertas para los demás.

Más información

Gómez Villamil, I. J. (2016). La construcción del héroe como eje narratológico en el ánime japonés de Masami Kurumada “Los Caballeros del Zodiaco” a partir de la mitología griega [Tesis de maestría en Comunicación y Estudios de la Cultura, ICONOS]. https://www.iconos.edu.mx/qrtesis/tesis_220337EC/220337EC.pdf

Sayar, R. J. (2022). En el nombre del abuelo. Representación y reinterpretación de los lazos filiales en Saint Seiya. AdMIRA, 8, 77–96.  https://idus.us.es/items/792f08cc-f806-4e62-b877-039ac5c10329

Jara Holliday, O. (entrevistado). (2015). La sistematización de experiencias produce un conocimiento crítico, dialógico, transformador. Docencia, 55, 33–39.  https://www.unc.edu.ar/sites/default/files/Entrevista-Oscar-Jara-Revista-Docencia.pdf

Lindström, B., Bellander, M., Schultner, D. T., Chang, A., Tobler, P. N., y Amodio, D. M. (2021). A computational reward learning account of social media engagement. Nature Communications, 12, 1311. https://www.nature.com/articles/s41467-020-19607-x

Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.

Correo: jcuevas0@ucol.mx

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