Lo que una historia antigua revela de nuestro presente

Colima,(24-07-2026).-Hoy, una película de casi tres horas y basada en un poema de casi tres mil años arrasa en las salas y en la crítica especializada. La odisea de Christopher Nolan fue estrenada el 17 de julio y recaudó 264 millones de dólares en su primer fin de semana —la mejor apertura mundial en la carrera del director— con un aproximado de 95% de aprobación de la crítica (dependiendo de la plataforma que se consulte). Lo notable no es solo el éxito, sino lo que ocurrió a su alrededor. Antes incluso del estreno, la película quedó atrapada en una batalla que dice mucho más de nuestro presente y de nuestras pantallas que del propio filme. Vale la pena mirarla, desde la educación, en tres direcciones.

Cuando el «no lo veas» es el verdadero espectáculo

La primera dirección es la más preocupante, pese a que las reacciones predominantes ante ciertos comentarios sean “me divierte”. Meses antes del estreno, una parte del ecosistema digital se lanzó a descalificar la película por «woke», atacando decisiones de reparto y montaje, y llamando abiertamente a boicotearla. Los argumentos, revestidos de supuesta defensa de la «fidelidad histórica», escondían con frecuencia un fondo racista y transfóbico: la molestia no era estética, era que ciertos rostros y ciertas personas ocuparan la pantalla. El episodio más revelador llegó de una de las figuras más poderosas de las redes, el dueño de la plataforma X, anunciando una versión «históricamente precisa» generada enteramente con inteligencia artificial.

Detengámonos aquí, porque el gesto es un pequeño manual de nuestra época. El boicot fracasó estrepitosamente —la película batió récords—, pero su fracaso no lo hace inofensivo. Lo importante no es que no funcionara, sino lo que revela: la facilidad con que discursos de odio y campañas anti-derechos circulan hoy disfrazados de crítica cultural, amplificados por algoritmos que premian la estridencia. Que la respuesta al «no me gusta que exista esta representación» sea «haré una realidad paralela con IA a mi medida» resume el espíritu del momento: en lugar de convivir con aquello que nos incomoda o interpela, se fantasea con fabricar un mundo hecho a la imagen de los propios prejuicios. Como advierte la neurociencia de la lectura que veremos enseguida, cuando dejamos de tolerar la complejidad y la diferencia, perdemos justamente las capacidades que nos hacen ciudadanos: la empatía y el pensamiento crítico. La pregunta educativa no es si tal actor debía interpretar tal papel; es por qué nos hemos vuelto tan poco tolerantes a que el otro exista distinto de como lo imaginamos, y por qué las redes premian tanto esa intolerancia.

Tres horas de atención: un músculo que se atrofia

La segunda dirección es más esperanzadora, y toca de cerca a las familias. Que millones de jóvenes hayan aguantado y disfrutado casi tres horas de cine denso y pausado es, en sí mismo, una pequeña noticia. Porque una preocupación real recorre a docentes y familias y es la capacidad de atención sostenida de las generaciones nacidas después del año 2000. Crecidas entre pantallas y desplazamientos infinitos, a las y los jóvenes les cuesta cada vez más sostener la atención en relatos largos.

Esto no es un juicio moral, es un hecho documentado por la ciencia. La neurocientífica Maryanne Wolf, en Lector, vuelve a casa: cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas (2020), explica que leer —y, por extensión, seguir cualquier relato complejo— no es una capacidad natural: es un circuito que el cerebro construye con esfuerzo y que, según cómo lo entrenemos, se fortalece o se simplifica. La saturación de estímulos breves y la lectura «por encima» propias de lo digital erosionan lo que Wolf llama la «lectura profunda»: esa atención sostenida de la que dependen la inferencia, la empatía y el análisis crítico. La atención, en suma, es un músculo: se atrofia si no se usa.

Y aquí el cine puede ser un aliado. La historia reciente ofrece un precedente llamado «efecto Harry Potter», esa oleada en la que millones de infancias volvieron a los libros arrastrados por una saga que también era fenómeno audiovisual. Una encuesta de la editorial Scholastic en 2006 halló que el 85% de los padres notó en sus hijos un mayor interés por la lectura a raíz de esos libros. Del mismo modo, una película como esta puede ser una puerta: quien salió conmovido de la sala puede querer, después, abrir el poema. El cine no sustituye (nunca) a la literatura; puede conducir a ella.

Una adaptación, no una fotocopia

La tercera dirección invita a la calma y al matiz, justo lo contrario de la polémica inicial. Conviene recordar algo elemental que la disputa sobre la «fidelidad histórica» ignoró por completo: toda adaptación es una interpretación, una obra con libertades creativas propias. Nolan no filmó un documental arqueológico, sino su interpretación de un mito. Y esa lectura, lejos de ser un capricho ideológico, se apoya en un trabajo intelectual serio.

Un dato ilumina el punto: se ha señalado que la película se nutre de la célebre traducción de Emily Wilson, la primera mujer que tradujo la Odisea al inglés en 2017. Su versión no «inventó» nada; hizo algo más riguroso: volver al griego original para depurar la misoginia anacrónica que traductores anteriores habían añadido, nombrando por ejemplo como «esclavas» a mujeres que otros llamaban con insultos que el texto griego jamás usó. Wilson describió su propio trabajo como un esfuerzo por «hacer visibles las grietas de la fantasía patriarcal» del poema, sin traicionarlo. Que una superproducción se apoye en una traducción hecha desde una perspectiva de género no es una concesión a la moda sino reconocer que los clásicos siguen vivos precisamente porque cada época los relee con nuevos ojos.

Mirar mejor

Al final, La odisea nos ofrece una lección que va más allá del cine. Nos recuerda que sostener la atención es un acto casi rebelde en la era de la distracción; que la diferencia y la complejidad no son amenazas, sino el material mismo de la cultura; y que releer a los clásicos —en la pantalla y en los libros— sigue siendo una de las mejores escuelas de ciudadanía. Odiseo tardó veinte años en volver a casa. Quizá nosotros solo necesitemos apagar un momento el ruido, entrar a una sala oscura y recordar el placer, casi olvidado, de seguir una historia hasta el final.

Más información:

Wolf, M. (2020). Lector, vuelve a casa: cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas (M. Maestro, trad.). Deusto. https://proapi.planetadelibros.com/descargas/sala-prensa-libro/enlaces/309193/lector-vuelve-a-casa.pdf?_locale=es

Homer. (2018). The Odyssey (E. Wilson, trans.). W. W. Norton & Company.

Wilson, E. (2019). Epilogue: Translating Homer as a woman. En F. Cox y E. Theodorakopoulos (Eds.), Homer’s daughters. Oxford University Press.

Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza, cultura popular y divulgación científica.

Correo: jcuevas0@ucol.mx

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