Cultivar la infancia: respetar el ritmo, acompañar la vida
Por Mireya Sarahí Abarca Cedeño/// Ágora Digital
Colima,(26-09-2025).-En una caminata reciente con mi hijo, un joven de ya 20 años, encontramos un cartel en el que se anunciaba que en determinado preescolar, las niñas y los niños egresaban “dominando el español”, es decir, leyendo y escribiendo. Le comenté a mi hijo que esa afirmación no era necesariamente una buena noticia, no porque leer o escribir sean metas negativas, sino porque en muchas ocasiones ese tipo de mensajes revela una prisa institucional y social por adelantar procesos que aún no corresponden al momento evolutivo de niñas y niños.
Esta urgencia por obtener “logros medibles” ha llevado, lamentablemente, a que en muchas escuelas se desplacen o incluso se eliminen actividades fundamentales como el juego libre, la exploración artística, el movimiento corporal o la expresión emocional; lo que se presenta como un avance educativo puede ser, en realidad, una forma de empobrecer la experiencia infantil al reducirla únicamente a metas académicas.
La infancia es un tiempo de asombro, de juego libre, de descubrimiento corporal y afectivo. Es una etapa en la que el cerebro se encuentra en plena construcción, y en la que las experiencias sensoriales, relacionales y motoras tienen un impacto profundo y duradero. Pensar que una niña o un niño es más “avanzado” porque a los cuatro años sabe leer o escribir puede llevarnos a confundir madurez con instrucción precoz. Y peor aún: a ignorar las señales que nos piden pausa.
Lo verdaderamente grave es que, en el afán por lograr aprendizajes escolares prematuros, se sacrifican oportunidades esenciales para el desarrollo integral: pintar, correr, trepar, cantar, bailar, inventar historias, equivocarse sin miedo. Al restringir estos espacios, no solo limitamos la creatividad y el bienestar de las infancias, sino que también afectamos la consolidación de habilidades cognitivas, emocionales y sociales que, paradójicamente, son la base para un aprendizaje sólido y significativo más adelante.
Ralentizar: una necesidad urgente
El neuropsiquiatra Boris Cyrulnik propone la idea de ralentizar como una forma de resistir a la sobreestimulación y al aceleramiento que impone el mundo moderno. Esta ralentización no implica negligencia ni abandono, sino el respeto profundo por los ritmos del desarrollo. En sus textos sobre resiliencia, Cyrulnik afirma que la infancia necesita espacios seguros, vínculos estables y un ambiente rico en afecto, juego y lenguaje cotidiano. Forzar el aprendizaje académico demasiado pronto puede quitar lugar a la exploración, a la emoción, al movimiento, y convertir el aprendizaje en una carga que abruma en vez de entusiasmar.
Desde otra perspectiva, la neurocientífica Nazareth Castellanos ha señalado que el desarrollo del cerebro no sigue un ritmo uniforme en todos los niños y niñas, y que es fundamental cuidar los procesos que permiten la integración entre cuerpo, emoción y pensamiento. Actividades como el juego, la exploración en la naturaleza, el arte, la respiración consciente y la convivencia libre entre pares son fundamentales para fortalecer funciones superiores como la atención, la memoria, la empatía o el pensamiento creativo.
Cuando apuramos procesos que requieren madurez, como la lectoescritura, lo que se genera no es un aprendizaje real, sino una imitación superficial que puede derivar en ansiedad, desinterés o frustración. Lo que parecía un “logro” se convierte, al poco tiempo, en una barrera para el disfrute del aprendizaje o en un detonador de problemas de conducta.
Gabor Maté, médico experto en trauma y desarrollo infantil, señala que uno de los errores más frecuentes del mundo adulto es esperar que los niños y niñas funcionen como adultos pequeños. Esto rompe la secuencia natural del crecimiento y genera desajustes en su autorregulación emocional. Esto es especialmente visible en el entorno escolar, donde se sanciona la inquietud o el movimiento como si fueran fallas, sin considerar el contexto neurobiológico en el que se desarrollan.
Infancias que respiran
Una infancia sana es una infancia que respira. Que tiene tiempo para aburrirse (sí, por favor, aburrirse, la chispa de la imaginación y la creatividad), para jugar sin instrucciones, para inventar historias, para moverse con libertad, para ensuciarse. Es una infancia que no se mide por sus logros académicos, sino por su capacidad de disfrutar, de crear, de vincularse con los demás. Ni siquiera necesita medirse, porque cada infante lleva su propio ritmo y, a menudo, lo que cosnideramos un retraso en el desarrollo es un hermoso momento de exploración y disfrute.
Francesco Tonucci, pedagogo italiano, ha sido un defensor incansable del derecho al juego, al error y a la lentitud. Para él, la escuela no debería ser una fábrica de resultados, sino un espacio de acompañamiento al proceso de crecimiento. Su proyecto “La ciudad de las niñas y los niños” busca justamente replantear los entornos urbanos y educativos desde la perspectiva infantil, devolviendo a los menores su lugar como sujetos activos, curiosos y capaces.
Otro aspecto que suele subestimarse es el valor de la convivencia libre entre menores, sin reglamentaciones adultas permanentes. En un mundo hipercontrolado por agendas, dispositivos y vigilancia, los niños y niñas tienen cada vez menos oportunidades de convivir sin intervención directa del mundo adulto. Sin embargo, estas convivencias (en patios, calles, parques o casas) son fundamentales para aprender a negociar, a resolver conflictos, a cuidarse, a reconocer límites y a desarrollar empatía.
Cuando cada interacción está mediada por la mirada adulta o condicionada por actividades dirigidas, se pierde la posibilidad de experimentar el mundo desde la autonomía. Respetar los tiempos también implica confiar en que los niños y las niñas, cuando están en ambientes seguros, sabrán encontrarse con los otros, equivocarse, reírse y aprender sin que todo esté estructurado.
Dejar que se organicen, que elijan con quién jugar, qué reglas inventar y cómo resolver sus desacuerdos, forma parte de la experiencia social más rica y transformadora. En estos espacios de libertad supervisada, pero no controlada, se ensaya la vida en comunidad.
En defensa de la pausa: por una crianza que respeta los ritmos
La pausa no es solo un momento de descanso, es un espacio de integración. Así como en el cuerpo necesitamos pausas para respirar, digerir o dormir, también en el desarrollo emocional y cognitivo las pausas permiten ordenar lo vivido. La prisa no forma cerebros más brillantes, sino más estresados. El silencio, el ritmo pausado, la escucha atenta, la presencia sin demandas, son formas de acompañamiento profundas.
Nazareth Castellanos ha hablado de la importancia de la respiración como un acto biológico que también transforma nuestra percepción, nuestra atención y nuestras emociones. Respirar con calma, caminar sin prisa, mirar sin juicios, son actos que devuelven humanidad a nuestras relaciones con las infancias.
En otros textos de este mismo espacio se ha hablado del valor del juego libre, del contacto con la naturaleza, de reducir el uso de pantallas y de la importancia de hacer pausas. Hoy quiero volver sobre una idea sencilla, pero poderosa: respetar los tiempos del desarrollo es una forma de cuidado, de amor y de confianza.
Como madres, padres, docentes o cuidadores, podemos contribuir a este respeto desde cosas muy concretas:
- No forzar la lectoescritura en edades tempranas si no hay señales claras de preparación.
- Favorecer experiencias sensoriales y motoras antes que actividades de escritorio.
- Propiciar el juego libre y la convivencia sin reglamentación adulta excesiva.
- Dedicar tiempo a respirar juntos, a caminar sin prisa, a conversar sin objetivos.
- Reconocer que cada niña y cada niño es distinto, y que sus ritmos no deben compararse.
- Preguntarnos si lo que hacemos es por su bienestar o por cumplir con expectativas sociales.
- Guardar el celular o apagar pantallas cuando estás pasando tiempo con tu pequeño o pequeña. Lo repito: ¡apaga tu celular y contempla el maravilloso espectáculo de ver florecer una vida!
A veces, lo más revolucionario que podemos hacer es simplemente esperar. Dejar que la vida se despliegue a su tiempo, que el lenguaje llegue cuando el cuerpo esté listo, que la curiosidad despierte cuando el alma se sienta segura, que el aprendizaje florezca como una consecuencia del amor, no de la presión… si puedes atestiguar de estos fantásticos momentos llenos de vida, eres una persona afortunada.

Respetar los tiempos no es renunciar a educar, es elegir educar desde otro lugar: uno más humano, más sabio, más libre. Es comprender que educar no significa presionar, llenar de tareas, ni exigir logros prematuros, significa acompañar procesos vitales con amor y presencia, confiando en que cada niño y niña florecerá a su debido tiempo.
Educar desde un lugar más sabio es honrar lo que la ciencia del desarrollo infantil ya nos dice: que el juego, el arte, la exploración y la seguridad emocional no son lujos, sino condiciones necesarias para el aprendizaje profundo y duradero, soltando las comparaciones, las prisas y las expectativas ajenas. En un mundo que estandariza, educar con ternura es una apuesta por la vida.
Más información
- Resiliencia: el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Boris Cyrulnik
- Hay que cuidar el niño que fuimos y no perder esa mirada. Francesco Tonucci.
- Sobre estrés en los padres y su impacto en los niños. Gabor Maté.
- Los secretos de la comunicación entre el cerebro y el corazón. Nazareth Castellanos.
La autora es profesora e investigadora de la Universidad de Colima. Profesional clínico en trauma psicológico Nivel CPT-II. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Sus líneas de investigación son: procesos y prácticas educativas, educación e intervención en contextos comunitarios y desarrollo saludable.mireya_abarca@ucol.mx
