¿Una sola ciencia?
Por Julio Cuevas Romo/// Ágora Digital
Colima(13-07-2025).-En las aulas se nos ha repetido muchas veces que hay una única manera de hacer ciencia, a veces de forma explícita (al menos en mi caso) y a veces de formas más sutiles. Se nos ha dicho que el conocimiento confiable, serio y útil solo puede surgir de los laboratorios, de las universidades o de prestigiados centros de investigación. Pero ¿qué pasa cuando otras personas ajenas a estos espacios hegemónicos también explican el mundo, lo transforman y lo transmiten? ¿Eso no es conocimiento?
En el imaginario colectivo, las aún (mal) llamadas ciencias “exactas” como la física, la química o la biología ocupan un lugar aún más privilegiado en cuanto a validación respecto a las ciencias sociales y las humanidades. Se les considera neutras, objetivas, puras. Sin embargo, basta con analizar cualquier gran descubrimiento desde una perspectiva histórica para darnos cuenta de que incluso en estas disciplinas existen interpretaciones, debates, privilegios y una historia que no siempre ha sido lineal ni desinteresada. Pensar que la ciencia “occidental” es la única forma válida de entender el mundo no solo es un error sino una forma de colonización del pensamiento.
También las ciencias naturales interpretan
Durante siglos, la ciencia “moderna” nos ha hecho creer que su forma de explicar el mundo es objetiva, universal y la única válida. Sin embargo, incluso dentro de las ciencias llamadas “naturales” o “experimentales”, hay interpretación, debate y construcción cultural. Quienes hacemos ciencia, no observamos el mundo tal cual es, sino que interpretamos lo que vemos, organizamos los fenómenos según nuestras posturas teóricas y seleccionamos lo que consideramos importante medir, clasificar o explicar.
¿Un ejemplo sencillo? El cielo nocturno. Lo que la astronomía occidental llama constelaciones, para los pueblos originarios son referentes de tiempo, rutas agrícolas, advertencias sobre fenómenos naturales o historias colectivas. Esto no es misticismo ni superstición, son conocimientos construidos a partir de la observación rigurosa del entorno durante generaciones.
Incluso dentro de la ciencia occidental, los significados cambian con el tiempo. Plutón fue considerado planeta durante décadas hasta que criterios distintos lo reclasificaron, siendo esto un hecho reciente de muchos que muestra que la ciencia no es un bloque fijo e inmutable, sino que constantemente revisa y reconstruye cambiando su perspectiva.
Cuando hablamos de saberes campesinos, indígenas o comunitarios, no nos referimos a relatos folclóricos o mitos alejados de aplicaciones prácticas, como algunas posturas de interculturalidad desde lo hegemónico nos los muestran. Hablamos de conocimientos que permiten pensar distinto, curar, predecir, mantener la biodiversidad, buscar formas económicas más sustentables y solidarias, en otras palabras, resistir ante modelos de corte neoliberal.
La diferencia no está en que unos conocimientos sean “verdaderos” y otros no, sino en que han sido construidos desde contextos, necesidades y lenguajes distintos. Por desgracia, en muchos casos lo que las universidades y en general las instituciones escolarizadas consideran conocimiento legítimo, ha dejado fuera por siglos, otras formas de explicar y relacionarse con la naturaleza. Reconocer esto no significa negar el valor de la ciencia occidental, sino abrirla a otras miradas que enriquecen su comprensión del mundo.
¿Quién decide qué vale como conocimiento?
La academia, y en particular la universidad, ha tendido históricamente a privilegiar una forma de producir y validar el conocimiento a través del método científico, así, en singular. Esto ha dejado fuera a saberes orales, prácticos o simbólicos, que durante siglos han sido centrales para muchas comunidades.
Cuando hablamos de diversidad en la construcción de conocimiento, no nos referimos a “abrirnos a otras ideas” por amabilidad. Hablamos de reconocer que el conocimiento tiene múltiples fuentes y formas, y que esas otras formas también tienen valor explicativo, práctico y social. Descolonizar el pensamiento implica cuestionar el lugar exclusivo que se ha otorgado a la ciencia blanca, occidental y escrita.
La Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación, promulgada recientemente en México, ha comenzado a hablar de esto. Habla de diálogo de saberes, de reconocer la diversidad epistémica, de abrir la ciencia a las necesidades sociales. Pero eso merece una reflexión aparte, porque el reto no está solo en el texto legal, sino en cómo se aterriza en la práctica científica, donde es totalmente esperable que esta Ley esté encontrando resistencias.
¿Por qué es tan difícil dialogar entre saberes?
Parte del problema está en cómo nos hemos educado. Desde la infancia, se nos dice que solo vale como “respuesta correcta” aquella que está alineada con la ciencia escolar. Se nos enseña a memorizar fórmulas, a repetir teorías, pero pocas veces se nos invita a reflexionar sobre cómo se construye el conocimiento y, sobre todo, quiénes lo validan.
No se trata de negar la importancia de la ciencia moderna ni de romantizar todo lo que no lo sea. Lo que se propone es algo más complejo y, a la vez, más justo: abrir espacios para el diálogo. Lo que hace falta es disposición, humildad y estructuras que favorezcan ese encuentro. En países como Chile, Bolivia o Colombia, ya se han dado algunos pasos en esa dirección. En el norte de Chile, por ejemplo, astrónomos profesionales han colaborado con comunidades aymaras para construir observatorios culturales. En la Amazonía colombiana, se ha trabajado con saberes botánicos indígenas para entender fenómenos ecológicos complejos. En México también hay experiencias muy bien documentadas.

Una invitación para quienes hacen ciencia
Si tú que estás leyendo esto haces ciencia, estudias una carrera relacionada, o simplemente sientes respeto por el conocimiento científico, este pequeño aporte no busca contradecirte, sino hacer una invitación. ¿Qué pasaría si en lugar de descartar otros saberes, los escuchamos? ¿Y si en lugar de imponer un método, pensamos en co-construir? La ciencia no pierde valor cuando se encuentra con otros saberes, sino que gana profundidad, gana humanidad, gana legitimidad social.
Hay que reconocer que hay otras formas de conocer y esto no debilita a la ciencia, la hace más consciente de sí misma y más útil para más personas. La diversidad en las formas de crear conocimiento no es una amenaza, es una posibilidad. Y el diálogo de saberes no es una concesión, es un acto de justicia.
Mas información:
Cuevas Romo, J. (2024). Diálogo de saberes desde las ciencias experimentales. En A. Rosillo Martínez (Coord.), Pluralidad epistémica y diálogo de saberes en la construcción de derechos humanos y del derecho humano a la ciencia (pp. 101–117). Centro de Estudios Jurídicos y Sociales Mispat, Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías, Universidad Autónoma de San Luis Potosí https://www.researchgate.net/publication/392929147_Dialogo_de_saberes_en_ciencias_experimentales
Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías. Educación, 2024. Recuperado de https://conahcyt.mx/pronaces/pronaces-educacion/
Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza.
Correo: jcuevas0@ucol.mx
Sitio: https://www.researchgate.net/profile/Julio-Cuevas/research
