¿Especialista por intuición? Ética y responsabilidad en los cruces entre disciplinas
Por Mireya Sarahí Abarca Cedeño/// Ágora Digital
Colima,(07-11-2025).-En los espacios académicos y profesionales se ha vuelto cada vez más común que algunas personas, sin la formación o experiencia necesaria, asuman el papel de expertas en temas altamente especializados. A veces ocurre en diplomados, talleres, conferencias o incluso en redes sociales. Se presentan con seguridad, usan un lenguaje técnico, citan autores de moda… y muchas veces, su discurso no tiene una base sólida. Esto puede parecer inofensivo, pero en realidad conlleva riesgos éticos, sociales y personales.
No se trata únicamente de tener “intuición” o “sentido común”, como a menudo se dice para justificar ciertas posturas personales. En especial cuando se ocupa un rol profesional, es imprescindible que nuestras afirmaciones y opiniones estén sustentadas en evidencia, ya sea científica o basada en marcos teóricos sólidos y ampliamente reconocidos. La intuición puede ser una guía en la vida cotidiana, pero no sustituye el conocimiento acumulado mediante la investigación, la experiencia profesional comprobada y la validación ética y metodológica.
Por ejemplo, quien trabaja temas educativos generales, pero comienza a hablar en foros públicos sobre técnicas psicoterapéuticas, sin haber cursado una formación clínica; o quien, desde las ciencias sociales, intenta explicar procesos neurobiológicos complejos sin contar con formación en neurociencias, más allá de lecturas divulgativas. También se ha vuelto común que personas con amplia experiencia teórica asuman discursos de intervención educativa, comunitaria, o de procesos de gestión cultural, por poner algunos ejemplos, como si tuvieran una trayectoria consolidada en ese ámbito. En todos estos casos, el problema no es la curiosidad ni el deseo de aprender, sino la asimilación superficial de un campo ajeno como si fuera propio.
Los diálogos entre disciplinas enriquecen, pero no justifican la apropiación de saberes ajenos. Trabajar desde una mirada transdisciplinaria significa colaborar con otras personas expertas, no sustituirlas. El problema surge cuando alguien, por haber leído algunos artículos o tomado un curso breve, se coloca como referente en un campo que desconoce a profundidad.
Esto puede llevar a lo que se conoce como efecto Dunning-Kruger, una distorsión cognitiva por la cual las personas con bajo conocimiento tienden a sobrevalorar sus capacidades. Como señalan Dunning y Kruger: la incompetencia no solo conduce a errores, sino que impide reconocerlos.
El riesgo se agrava en espacios donde el lenguaje técnico es fácilmente imitativo. Un PowerPoint con terminología de moda puede disfrazar la falta de comprensión profunda, y esto es especialmente grave cuando se trata de temas que implican la salud, la intervención social o la formación profesional de otras personas. No se trata, entonces, de un error inocente, sino de una forma de intrusismo académico que confunde al auditorio, debilita el valor del conocimiento y desacredita las disciplinas.
En contextos universitarios o institucionales, asumir el rol de experto implica una gran responsabilidad, no solo hacia el conocimiento que se transmite, sino hacia las personas que lo reciben. Si alguien no está debidamente formado para impartir contenidos especializados, puede afectar significativamente el proceso de aprendizaje, la credibilidad institucional y, en casos sensibles, incluso la seguridad emocional de estudiantes o participantes. Esta situación se agrava cuando se abordan temas que tocan la salud mental, la intervención social o los derechos humanos, donde una información inadecuada puede generar confusión, perpetuar estigmas o incidir negativamente en decisiones de vida importantes.
En el ámbito de la atención pública o los servicios sociales, este tipo de improvisación profesional no solo compromete la calidad de los servicios, sino que puede reforzar desigualdades. Por ejemplo, en comunidades vulnerables, donde ya hay escaso acceso a especialistas, la figura de una persona que se presenta como experta sin serlo puede acaparar espacios que deberían ser ocupados por profesionales preparados. Esto no solo desinforma, sino que también debilita la confianza ciudadana en las instituciones, obstaculiza procesos colectivos de mejora y perpetúa la idea de que “cualquiera puede opinar o intervenir”, incluso en temas delicados que requieren formación sólida y experiencia ética.
En tiempos donde la información circula velozmente y los títulos o roles pueden parecer intercambiables, es urgente recuperar el valor del conocimiento y la formación responsable, el respeto por los saberes profesionales y la humildad necesaria para reconocer los propios límites.
¿Qué riesgos implica seguir a influencers sin formación profesional?
Vivimos en una época en la que el acceso a la información es instantáneo, pero no siempre confiable. Las redes sociales han democratizado la posibilidad de compartir conocimiento, sí, pero también han dado voz a personas que, sin formación profesional, abordan temas delicados y complejos como si fueran expertos.
Este fenómeno se complejiza con el auge de recursos digitales como la inteligencia artificial, que permiten a cualquier persona generar discursos técnicamente elaborados, con apariencia de profundidad, aunque sin el rigor que caracteriza al conocimiento académico. A ello se suma la estética profesional de muchas plataformas, que ofrece plantillas, frases impactantes y diseños atractivos, lo cual puede generar la impresión de que el contenido también es legítimo. Así, el carisma, la seguridad en el tono, y la repetición de ciertos conceptos se confunden con conocimiento auténtico; problemáticas que a menudo se observan entre ciertos influencers o figuras públicas.
Pero no todo discurso es conocimiento y no toda experiencia personal basta para construir recomendaciones válidas para otras personas. Escuchar a personas no formadas en estos temas puede parecer inofensivo al principio, sin embargo, hay riesgos reales cuando, por ejemplo, alguien decide no consultar a un profesional de salud porque leyó un consejo en una red social que le pareció lógico. O cuando una madre o un padre toma decisiones educativas basadas en una publicación sin fundamento pedagógico. O cuando una persona en situación de vulnerabilidad emocional es orientada por alguien que no tiene ni las herramientas ni la contención necesarias para acompañarle.
Los efectos no siempre son visibles de inmediato, pero pueden ser profundos. Algunos consejos pueden reforzar estigmas o dificultar procesos. Por ejemplo, el atribuir la depresión a una actitud de flojera; la promoción de prácticas no éticas como el uso de castigos o de “retiros de sanación” sin acompañamiento profesional; el retrasar intervenciones necesarias, como el inicio de una terapia o una evaluación especializada.
Por eso, es importante que las personas aprendan a identificar si quien les habla o les recomienda algo tiene realmente la preparación necesaria. No se trata de despreciar los saberes informales ni de cerrarse a la diversidad de voces, se trata de reconocer que hay áreas del conocimiento que requieren años de estudio, prácticas supervisadas, actualización constante y, sobre todo, responsabilidad ética.
Es necesario fortalecer una cultura del cuidado del conocimiento. Una en la que valoremos no solo lo que alguien dice, sino desde dónde lo dice. Porque tener acceso a una cámara y a una red social no convierte a nadie en especialista y porque, cuando se trata de temas sensibles, el respeto por los saberes profesionales y por las vidas que se ponen en juego debería estar por encima de la popularidad o la cantidad de seguidores.

¿Cómo saber si alguien realmente es experto en el tema del que habla?
En un contexto cada vez más saturado de información, donde proliferan charlas, cursos, influencers y publicaciones en redes sociales sobre salud mental, nutrición, neurociencia, bienestar o educación, es fundamental desarrollar un criterio claro para distinguir entre voces autorizadas y discursos poco fundamentados. Aquí algunas señales para reconocer a una persona verdaderamente experta.
Primero, es importante que cuente con formación profesional acreditada. Esto quiere decir que ha cursado una licenciatura, una maestría o incluso un doctorado en el área de la que habla. No basta con que alguien se autonombre “coach” o diga que tomó un curso o taller. La capacitación formal brinda un marco ético, metodológico y conceptual que no puede sustituirse con la sola experiencia personal. Los estudios especializados no son una garantía de que la persona sepa todo, pero si garantizan que una persona ha pasado por procesos de evaluación rigurosos y ha adquirido competencias reconocidas institucionalmente.
En segundo lugar, una persona experta tiene una trayectoria verificable. Esto se refleja en su participación en proyectos, investigaciones, publicaciones, colaboraciones con colegas reconocidos, o pertenencia a redes profesionales o académicas. Es fácil decir que “uno sabe”, pero otra cosa es demostrarlo a través del tiempo, del trabajo con otros, y del reconocimiento del campo al que se pertenece. Esta visibilidad profesional también permite verificar si la persona se mantiene actualizada.
Otro aspecto clave es el uso de un lenguaje claro, ético y con conciencia de los límites. Una persona especialista no promete curas mágicas ni resultados inmediatos, más bien, tiende a hablar con cuidado, reconociendo que muchos procesos son complejos y que cada caso puede requerir un abordaje distinto. Es riesgoso confiar en mensajes o consejos que aseguran soluciones absolutas para temas delicados como el trauma, la depresión o la salud en general. Una persona verdaderamente profesional suele decir “esto depende”, “hay que evaluarlo”, o incluso, “yo no trabajo ese tema, te recomiendo a alguien más”.
Finalmente, un signo de profesionalismo es que la persona cita fuentes abiertas, comparte referencias confiables y recomienda lecturas. No basa todo en frases como “a mí me funcionó” o “yo lo viví así”. Por el contrario, contextualiza sus afirmaciones, invita a contrastar la información, y suele compartir materiales respaldados por instituciones educativas, académicas o de salud.
Educar desde la humildad, compartir desde la responsabilidad
Asumir la voz pública no es solo un derecho: es un compromiso ético. Quien enseña, interviene o difunde ideas influye, y esa influencia debe estar respaldada por una formación sólida, un reconocimiento de los límites, y una ética del cuidado.
No se trata de acallar a quien quiere aprender, sino de promover la colaboración respetuosa entre disciplinas. De reconocer que el conocimiento profundo requiere tiempo, escucha, práctica y compromiso ético.
La salida no está en la vigilancia punitiva ni en los títulos como únicos validadores, está en recuperar la humildad: reconocer lo que no se sabe, abrirse al diálogo, invitar a colegas que sí están formados en el tema, co-construir con respeto y desde la escucha. Si un docente desea incluir en su trabajo elementos de intervención artística, puede colaborar con una artista o un gestor cultural. Si un abogado quiere hablar de trauma, puede sumar a un profesional de la salud mental. Las alianzas interdisciplinares más fértiles nacen del respeto mutuo, no de la apropiación.
Porque en la universidad, y fuera de ella, no basta con tener buenas intenciones. Enseñar, intervenir o asesorar requiere formación, escucha, actualización continua y, sobre todo, ética del cuidado hacia las personas a quienes se dirige nuestro trabajo.

Más información
La autora es profesora e investigadora de la Universidad de Colima. Profesional clínico en trauma psicológico Nivel CPT-II. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Sus líneas de investigación son: procesos y prácticas educativas, educación e intervención en contextos comunitarios y desarrollo saludable.
Más información
- Kreimer, R. (2021). BURROS que se creen SABIOS (El efecto DUNNING-KRUGER). https://www.youtube.com/watch?v=lgor53riM7c
- López-Santín, J. M. y Álvaro Serón, P. (2018). La salud mental digital. Una aproximación crítica desde la ética.
- Masquijo, J. y Bettendorff, M. C. (2024). Entre la confianza y la duda: explorando el síndrome del impostor y el efecto Dunning-Kruger en la profesión médica.
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2306-41022024000200071
