«No te preocupes, cariño, el patriarcado continúa funcionando»

Colima,(22-11-2025).-El 25 de noviembre nos invita a pensar en esas veces en que algo “no encaja”, pero nadie lo nombra. Aquellos momentos en que una mujer siente que algo está mal, pero el entorno insiste en que exagere, que agradezca, que sonría. Ese es uno de los mecanismos más profundos de la violencia de género: convencer a las mujeres de que la incomodidad es imaginación y que la obediencia es virtud. Despertar de ese guion—como lo hace Alice en Don’t Worry Darling—no es una metáfora cinematográfica: es un acto político urgente en un mundo donde a demasiadas se les pide sobrevivir en silencio.

A partir de Matrix a finales del siglo XX, el cine sigue jugando con la idea de realidad simulada. En este sentido, Don’t Worry Darling, dirigida por Olivia Wilde, lo plantea desde una óptica poco común en la ciencia ficción, saliendo de la lógica escapista y adentrándose desde la crítica social con perspectiva de género. La ilusión no es tecnológica ni futurista, sino cultural. Una fantasía donde todas las mujeres son felices, obedientes y complacientes; mientras los hombres son fuertes, admirados y necesarios. Esta “utopía” doméstica no solo recuerda a los años 50 en los Estados Unidos, sino que los reproduce como ideal.

Desde una lectura crítica, la película se convierte en un artefacto visual que señala cómo las estructuras sociales aparentemente naturales como el matrimonio, el hogar, o la comunidad perfecta, funcionan como dispositivos que configuran una visión del mundo basada en la subordinación femenina y la centralidad masculina. Lo doméstico, idealizado bajo una estética de perfección, se revela como un espacio político profundamente jerárquico. No se trata solo de un “ambiente” o una “época”, sino de una construcción ideológica destinada a legitimar el control masculino sobre el tiempo, el cuerpo y el deseo de las mujeres.

La nostalgia por una “época dorada” se plasma en esta película como metáfora eficaz de lo que muchas posturas contemporáneas, disfrazadas de propuestas de orden, valores y tradición, quieren restaurar. Don’t Worry Darling no nos presenta un mundo que ya fue, sino un deseo que nunca se ha ido y quiere reforzarse, volver a una organización social donde las jerarquías de género estén claras y no se cuestionen. El filme puede ser una vía para identificar los imaginarios sociales que sustentan el patriarcado: discursos que naturalizan el poder masculino y lo presentan como estabilidad o sentido común. Lo llamativo en este sentido es que en la mayor parte de la narrativa no vemos violencia física evidente, sino simbólica y estructural que se abre paso a través del consentimiento fingido, el discurso de amor romántico y la manipulación o chantaje emocional, lo cual nos recuerda uno de los planteamientos de la antropóloga feminista Rita Segato, refiriéndose a que una de las particularidades más peligrosas de la violencia patriarcal, es precisamente su capacidad de mimetizarse como afecto y cuidado para disfrazar el dominio.

Alice, la protagonista, personifica este dilema, pues está atrapada en una “vida perfecta” junto a un esposo amoroso, una casa soñada y una comunidad con armonía. Todo parece entonces estar en su lugar, pero siente que algo no encaja. Esta “sensación” de malestar es difícil de nombrar, pues al hacerlo se desautoriza. Si se insiste, hay sanciones y señalamientos. Retomando de nuevo a Segato, esto se da a través de una pedagogía de la crueldad que enseña qué lugar debe ocupar cada quién, y que castiga la conducta atípica con desestimación o desprecio. La película nos habla del presente y de lo que está ocurriendo cuando algunos sectores sociales, sobre todo masculinos, sienten como amenaza los avances de las mujeres, y la reacción es responder con nostalgia y control.

Jack, la masculinidad herida y la añoranza de control

Una de las apuestas más atinadas de Don’t Worry Darling es el desarrollo del personaje de Jack, el cual no es un villano clásico. No grita, no golpea, no amenaza. Incluso, se manifiesta a través de la culpa y el sacrificio. Este hombre dice hacer “todo por amor”, solo desea “recuperar” a Alice y “no soporta verla sufrir”. Es aquí donde aparece la trampa, pues su deseo no es recuperarla sino controlarla y poseerla, como vemos en algún punto de la narrativa, aunque sea sin un mínimo de consentimiento.

Jack no es solo un personaje emocionalmente complejo, sino un símbolo de las nuevas formas de masculinidad hegemónica que, en lugar de imponerse por la fuerza, operan a través del afecto, el paternalismo y la narrativa del sacrificio. El personaje representa una masculinidad que no renuncia al poder, sino que lo reformula para parecer inofensivo. Desde la teoría de género, esto se entiende como una forma de dominación simbólica, pues la imposición del rol masculino no es ya un mandato explícito, sino una necesidad emocional legitimada por el amor. Se trata de una masculinidad que usa el amor como coartada para la opresión.

Jack permanentemente mantiene un rostro amable y no necesita violencia explícita. Es alguien que tiene interiorizado que su deber como hombre es “proveer” y “proteger”. Esta convicción se encuentra en el centro de muchas formas de dominación como lo expone el sociólogo Michael Kimmel. La masculinidad tradicional se construye como una competencia constante cuyo objetivo es demostrar que se es un hombre de verdad, reiteradamente, frente a otros hombres.

Kimmel, al analizar los procesos de radicalización masculina en contextos actuales, identifica como factor común el miedo, algo que la película incorpora de forma acertada. El miedo no es al dolor o al fracaso, sino a la pérdida de estatus y dejar de ser relevante. ¿Qué sucederá cuando no se necesite al hombre como proveedor o líder? Este temor, cuando se transforma en resentimiento, puede dar lugar a fenómenos tan extremos como las autollamadas comunidades de “hombres alfa” o grupos que defienden el retorno al “orden natural”. Jack ejemplifica esa reacción que no soporta ver que su pareja sea más exitosa, más autónoma y plena sin él. La simulación en la que se encuentran los personajes es justo eso: una fantasía donde el hombre sigue siendo necesario porque la mujer es reducida a dependencia.

Kimmel lo explica con claridad: muchos hombres no desean igualdad sino sentirse útiles, y cuando las mujeres se empoderan, los hombres que no se han reconstruido a sí mismos desde una ética de la corresponsabilidad, no saben cómo actuar y sienten que pierden sentido. Ese vacío en muchos casos se llena con control y manipulación.

Lo más inquietante es que Jack está convencido que hace lo correcto y Alice será feliz cuando deje de cuestionarse. Que los hombres deciden y las mujeres obedezcan no es una convicción individual de Jack, sino una convicción colectiva, una pedagogía social que se nos ha enseñado durante siglos y que sostiene que, si una mujer no está de acuerdo, es porque no ha entendido. Que estas ideas se desmantelen es una de las razones por las cuales el feminismo incomoda tanto.

Crueldad carismática con micrófono y traje

Si Jack es la representación emocional del patriarcado herido, el personaje de Frank es la forma ideológica. Frank es carismático, seguro, elocuente y nunca requiere alzar la voz, pues le es suficiente con hablar como si todo lo que dice fuera verdad. Su liderazgo es una combinación de seducción, control y retórica que resulta muy familiar para cualquiera que hayamos escuchado alguna vez a un falso gurú o coach de la masculinidad como los que hoy abundan en redes sociales. Frank no impone ni obliga, sino que inspira y convence, y esto es precisamente lo que lo vuelve más peligroso. Materializa esa nueva forma de dominación que no se presenta como poder, sino como “despertar” o como “liberación” frente a un supuesto desorden que ha traído la igualdad. Es el eco de muchas figuras reales que conforman la llamada manosphere, un rincón virtual donde miles de hombres se agrupan para reafirmarse mutuamente que el mundo estaría mejor si las mujeres “volvieran” a ser dóciles y silenciosas.

Frank es un ejemplo de cómo el poder se articula discursivamente para perpetuar la desigualdad bajo la apariencia de liderazgo visionario. Su figura encarna una retórica reaccionaria que busca “restaurar el orden” y proteger los valores tradicionales, presentando al feminismo y la autonomía femenina como amenazas. Esta narrativa no es ajena a nuestro contexto contemporáneo y, de hecho, está presente en discursos políticos y mediáticos que idealizan un pasado jerárquico y excluyente, y que disfrazan la opresión con promesas de seguridad emocional, orden moral y prosperidad familiar.

El método de Frank es muy similar al de muchos influencers de esta corriente que han ganado visibilidad en años recientes. Su pedagogía, por así decirlo, tiene mucho en común con lo que Rita Segato llama pedagogía de la crueldad. Se sustenta en un sistema de aprendizaje cultural que desensibiliza, que convierte a las personas en objetos y que normaliza el sufrimiento de otros como precio para conservar el orden. En Don’t Worry Darling, esa pedagogía no se impone con látigos ni gritos, sino con rituales, discursos y camaradería. Los hombres no son “villanos” en el sentido convencional sino fieles. Fieles a una idea, a una promesa, a un sistema que les ha dicho que merecen ese mundo. En este sentido, la retórica de los Frank reales es de víctimas. Se miran a sí mismos como quienes han perdido su lugar y lo deben recuperar.

Lo perturbador es que no se admiten preguntas. Alice, al empezar a cuestionarse, automáticamente se convierte en amenaza. No por lo que hace, sino por lo que representa. Su despertar puede ser contagioso y entonces, ahora sí, aparece el castigo. La película no es una historia individualizada sino la expresión de una lógica que hoy vemos, como ya se mencionó, en discursos políticos, en redes sociales, en medios, e incluso en figuras públicas que con gran banalidad reviven lugares comunes del machismo bajo la excusa de “decir lo que piensan”. Basta recordar los recientes comentarios del futbolista de las Chivas del Guadalajara para ver que Frank no es un personaje de ficción sino una forma de pensar que el lugar de la mujer es el cuidado; y el del hombre, la dirección.

La simulación como celda y no como escape

En Victory (la realidad simulada en la película), las mujeres se levantan cada día con total certeza de lo que deben hacer. No se espera que sean creativas o tomen decisiones, sino que sean eficientes y sonrían, cuiden su cuerpo y sus movimientos sean entrenados. El género se vive como un guion sin improvisaciones. Alice, como protagonista del relato, es la ruptura en este guion, siendo su despertar metafóricamente político. No es una regla específica la que cuestiona, sino el entorno entero. ¿Por qué no se puede salir de la ciudad? ¿Por qué no se pueden hacer preguntas? ¿Por qué debo sentirme feliz si siento que algo no está bien?

La evolución de Alice puede leerse desde la perspectiva de la agencia social, pues su proceso de despertar no solo le permite reinterpretar su entorno, sino también reconocerse a sí misma como persona capaz de actuar, elegir y resistir. En términos bourdieuanos, rompe con el habitus que la mantenía en una posición subordinada y, al hacerlo, subraya el carácter transformador del cuestionamiento personal. Su escape no es solo físico, sino simbólico: rompe con una estructura de género que la quería callada, bella, disponible y obediente. En esta fuga silenciosa, Alice desafía no solo un mundo ficticio, sino la lógica real que tantas veces exige sumisión femenina disfrazada de amor.

Se retrata con fuerza el cómo Alice empieza a observar la estructura y a percibir que lo que parecía “normal” en realidad es algo planeado. Su rol no es casual, es algo asignado y esa aparente “libertad” está condicionada por procesos de vigilancia que a simple vista no parecen castigo, pero lo son. La masculinidad dominante, como nos dice Kimmel, funciona muchas veces como un sistema que exige control constante sobre sí mismo, sobre otros hombres, y en particular sobre las mujeres.

El feminismo que materializa Alice no es doctrinario ni dogmático sino intuitivo, incómodo y basado en la experiencia. No existe alguien que dé una lección, pero hay dudas y sensaciones de opresión sin nombre. Este es otro de los aciertos de la película: se expone que despertar no siempre es una decisión radical o muy consciente, sino un proceso gradual de incomodidad, de sospecha, de desconcierto ante lo que está normalizado. La representación es fuerte porque no requiere mucha explicación, ya que muchas mujeres (y también personas disidentes del género) pueden reconocerse en ese sentimiento de estar en un mundo que parece hecho a la medida, pero para otros.

Alice, en un acto de valentía silenciosa, toma la decisión de huir sin enfrentamientos o venganzas, pero tampoco hay culpa, sólo decidir dejar de representar el rol y recuperar su conciencia, su capacidad de elegir y también su cuerpo (literal y simbólicamente). Está despierta.

La jaula tiene llave… y guardianas

No todas las mujeres quieren despertar, y de hecho hay quien sabe perfectamente que se encuentra dentro de una simulación. Eligen esto no por maldad o por desear ser cómplices conscientes, sino porque el mundo real les resulta aún más peligroso que la ficción que se les ofrece. Esta situación revela una tensión profunda en las luchas feministas. No se trata de debilidad, sino de algo racional y muy humano: en muchas ocasiones, resistir es mucho más difícil que ceder. Sobre todo, cuando la obediencia viene envuelta en seguridad y validación.

Esto plantea una dimensión compleja del análisis de género, es decir, la internalización del patriarcado. Muchas mujeres, al haber sido educadas en sistemas que premian la obediencia y penalizan la disidencia, terminan reproduciendo las mismas lógicas que las oprimen. Esta reproducción no es consciente, sino resultado de una socialización marcada por la necesidad de pertenencia y afecto. El filme muestra que no basta con identificar al “enemigo externo”; hay que comprender también cómo las estructuras de género operan desde dentro, colonizando el deseo y la identidad. Las guardianas del sistema no son las culpables, pero sí son parte de un engranaje que debe ser comprendido y desmontado con sensibilidad, sin moralismos ni simplificaciones.

Rita Segato lo señala con fuerza en su aporte sobre el mandato de género donde menciona que la violencia patriarcal no opera solo entre hombres y mujeres, sino también entre mujeres que reproducen, vigilan y castigan los comportamientos de otras. Se aprende a competir, a juzgar, a mantenerse dentro de los márgenes del “deber ser” femenino, porque transgredirlos significa quedar fuera del afecto, de la pertenencia y del reconocimiento.

Y es en ese punto donde el filme adquiere una fuerza política sutil pero demoledora al plantear que el patriarcado no se sostiene solo por imposición externa, sino por una red de complicidades cotidianas que atraviesan también a las propias mujeres, lo que lo vuelve tan difícil de desmantelar. Entran en juego afectos, recuerdos y deseos que parecen propios pero que han sido implantados por siglos de desigualdad. Con todo esto, Don’t Worry Darling no arroja un mensaje pesimista o desalentador, pues hace visible la idea de que incluso en los entornos más herméticos, se abren grietas. La resistencia no siempre se presenta en masa. A veces se da en soledad, pero cuando ocurre, abre camino.

La ciudad ideal…para quien domina

Victory es presentada como una ciudad ideal, un oasis de orden, armonía y propósito donde cada quien parece saber su lugar y cumplirlo con entusiasmo. Sus calles están limpias, las casas son relucientes, los roles están perfectamente definidos, y sobre todo, no parecen existir conflictos. Pero ¿qué significa esa “perfección”? ¿A costa de qué, de quién, y bajo qué lógicas se sostiene esa utopía doméstica? Desde una perspectiva de género, la ciudad ideal de Don’t Worry Darling no es más que un diseño patriarcal minuciosamente construido, un mundo es perfecto solo para quien lo domina. Victory es un experimento de control afectivo, corporal y simbólico, donde la estructura se disfraza de estilo de vida. Las mujeres no participan en su construcción; simplemente son colocadas en él. No se trata de una comunidad que se organiza en común, sino de un guion (masculino) que asigna funciones y distribuye papeles, los cuales se asumen como naturales.

Alice, como muchas otras mujeres en la historia, no eligió ese rol: le fue impuesto sin darse cuenta. Le toca representar la buena esposa, la anfitriona encantadora, la mujer decorativa, dócil, que no se queja y no se tiene que preguntar por qué está en donde está, simplemente es porque así “debe de ser” como una pieza en un juego de ajedrez que se puede mover a conveniencia de quien tiene el control, control que ella ha perdido. En cambio, Jack sí elige. Él opta por Victory, por ese guion seguro y adulador que le permite ser protagonista sin competencia. El sistema le devuelve reconocimiento, propósito, admiración y un lugar claro: el del proveedor venerado.

Aquí es donde el análisis se agudiza. En el mundo real, Jack ha sido un hombre inseguro, sin rumbo, frustrado por su pérdida de estatus ante una pareja autónoma. En Victory, encuentra validación inmediata. No necesita reinventarse, solo necesita entrar a un sistema que lo pone nuevamente al centro. La simulación no es solo un escenario tecnológico: es una ilusión ideológica donde los privilegios masculinos son restaurados y reforzados. Es cómodo para Jack porque lo revaloriza sin exigirle transformación.

Para Alice, en cambio, Victory es una jaula brillante. Un lugar donde todo está dado, pero nada es auténtico. El rol que desempeña no surge de su deseo, sino de un deber impuesto. Su vida está guionizada para agradar y servir. Su felicidad está presupuestada. No se le permite dudar, elegir o siquiera aburrirse. Y ahí es donde comienza este despertar para Alice, o como bien puede interpretarse, esta toma de conciencia sobre su entorno y su interacción en él.

Lo que activa la conciencia de Alice no es un solo evento, sino una acumulación de incomodidades, incoherencias y silencios. No hay un discurso revolucionario que la ilumine, ni una líder feminista que le hable al oído. Lo que hay es una intuición que crece: la sensación de que podría ser diferente, que el deseo ha sido desplazado por la repetición y que la vida está siendo vivida sin ella. Esa sospecha, feminista en el trasfondo, es la que la lleva a romper el decorado, a preguntar lo impensable y a salirse del libreto.

Ahora bien, ¿Por qué habría alguien de abandonar una ciudad “perfecta”? Porque la perfección que niega el conflicto también niega la libertad. Porque un mundo sin errores tampoco permite aprendizajes, ni crecimiento, ni autenticidad. Alice añora el mundo real, con todo y sus imperfecciones, porque en él aún tiene agencia, posibilidad, error, dolor y decisión. La realidad duele, pero se habita con conciencia. La simulación brilla, pero se sobrevive en automático.

El caso de Alice refleja lo que muchas mujeres enfrentan: un modelo de feminidad impuesto que ha sido cuidadosamente adornado con promesas de protección, amor y estabilidad, pero que, en el fondo, despoja de libertad. Su despertar desestabiliza el orden que se ha construido sobre su sumisión.

Y lo más inquietante es lo conveniente que resulta este sistema para figuras como Jack. Él se siente un héroe. Cree estar rescatando a su esposa, “regalándole” un mundo sin carencias. Pero ese regalo es una prisión, y su sacrificio, una coartada. Jack encarna a los hombres que, en vez de transformarse junto con las mujeres, buscan formas de restaurar su centralidad perdida. No negocian la igualdad.

Desde esta perspectiva, Victory se convierte en una metáfora de todas las formas sutiles de regresión ideológica que vemos hoy en día: el deseo de volver a un “orden natural”, la satanización del feminismo y la exaltación de valores tradicionales como antídoto ante el caos moderno. Es, en el fondo, una ciudad construida por el miedo masculino a la autonomía femenina.

Por eso Don’t Worry Darling no es simplemente una película sobre un matrimonio tóxico o una rebelión individual. Es una crítica demoledora a cómo, incluso en el siglo XXI, siguen existiendo estructuras que ofrecen a las mujeres una vida “soñada” si aceptan renunciar a sí mismas. Y también es un llamado a incomodar, a sospechar de lo perfecto, a interrumpir el guion, porque como lo demuestra Alice, hay momentos en que despertar, aunque duela, es el único acto realmente humano.

Despertar del sueño o pesadilla

Don’t Worry Darling no es únicamente una historia sobre el control masculino, sino sobre el enorme potencial del pensamiento crítico. Es difícil atreverse a pensar por cuenta propia, pero a la vez esencial. Incomodar cuando todo invita a la comodidad y hacer preguntas cuando nadie más las hace. Analizar estas historias desde el cine no es solo un ejercicio intelectual, es una forma de resistencia y una práctica pedagógica. Despertar de ese sueño o pesadilla que a veces se llama normalidad.

*Una versión previa de este texto fue publicada en El Comentario Semanal de la Universidad de Colima en septiembre de 2025.


Julio Cuevas Romo, profesor-investigador de la Universidad de Colima. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de SECIHTI. Líneas de investigación: Procesos de enseñanza y aprendizaje de ciencias y matemáticas en contextos de diversidad, uso de narrativas audiovisuales para la enseñanza.

Correo: jcuevas0@ucol.mx

Alexis Mariana Gutiérrez de la Cruz es Maestra en Intervención Educativa y Licenciada en Enseñanza de las Matemáticas por la Universidad de Colima. Se desempeña como profesora de Educación Básica en el nivel Medio Superior.

Correo: agutierrez59@ucol.mx