Migración y desarraigo: itinerancia en la educación

Colima,(20-06-2025).-Algunas personas, a lo largo de la vida, hemos tenido que cambiar nuestro lugar de residencia por diversos factores, los más comunes se refieren a la educación, situación laboral, búsqueda de oportunidades, pero hay otros más desafortunados que se ven obligados a migrar por ser despojados de sus tierras, perseguidos o porque huyen de situaciones de vida o muerte. 

Nuestro país, a diferencia de otros espacios físicos permite el libre tránsito a todas las personas que así lo deseen o lo necesiten. Sin embargo, hay algunos grupos o familias que pasan parte de su vida de un lado a otro y sin echar raíces en ningún sitio debido a las necesidades generadas por la carencia, el desamparo y la marginación.

Se promueve en redes sociales a quienes muestran con orgullo nuestras raíces, quienes hablan del sentir como mexicanos, de patriotismo y de esperanza, de unión como país, incluso de la calidez cuando se recibe la llegada de alguien a nuestras tierras, pero es importante razonar cómo integramos a las personas que, al menos en Colima, llegan cada año para trabajar en los sembradíos de la región, dejando atrás su pasado para luchar contra la pobreza, la violencia y la marginación.

Desde afuera vemos un grupo de personas que se traslada, junto a sus familias, de un lugar a otro en búsqueda de mejores oportunidades laborales. La monotonía nubla nuestro entendimiento y antes de preguntar, de aportar y de apoyar se predispone a juzgar las diferencias de aspecto, de lenguaje, de tradiciones, de cultura. Nos toma por sorpresa la diferencia, por lo que la diversidad cultural no es valorada y, en su lugar, la ignorancia se nutre de prejuicios.

Al darnos la oportunidad de conocerlos, al acercarnos un poco más podemos ver que son familias con diferencias evidentes en su lenguaje, vestimenta y costumbres, pero más allá de eso reconoceremos que padecen de una visible vulnerabilidad y marginación por cuestiones que están fuera de su control, pues han nacido en alguna de las etnias de nuestro país y se comunican en alguna lengua indígena y podríamos entender porque, si pudieran, permanecerían aislados como ha ocurrido por mucho tiempo, pero la necesidad de sacar adelante a sus familias les orilla a migrar, a buscar en otra tierra lo que las suyas ya no produce.

La discriminación está presente con mayor fuerza, incluso, que las oportunidades que se les brindan como comunidad y la peor parte la llevan los niños que, como el resto de los mexicanos, tienen derecho a la educación y a soñar con un futuro diferente. Uno que se ve lejano no por su capacidad intelectual o física sino por las barreras socioculturales que aún no se logran derribar.

Visitas breves y concretas caracterizan los primeros acercamientos a las comunidades. Propuestas precisas y tangibles porque su realidad no alcanza para perder el tiempo. El trabajo en comunidad es difícil, apasionante y repleto de retos, pero insertarse en la cotidianeidad de los campamentos migrantes es cosa aparte. Una realidad que desafía la preparación que crees poseer como docente. Sorprende que, pese al siglo en el que estamos, las condiciones laborales y humanas puedan seguir tan cruentas y dolorosas. Evidentemente, el reflejo de un deficiente proceso educativo.

Los niños de las comunidades migrantes enfrentan desde pequeños más desafíos que un niño promedio puesto que la característica de sus comunidades es la búsqueda de oportunidades laborales y eso implica traslados continuos debido a la falta de empleo fijo que les permita establecer su hogar y tener seguro el sustento.

Esto ocasiona que los niños se integren de forma tardía a los ciclos escolares, lo que desde un comienzo supone un reto para su integración en el grupo escolar. Aunado a esto, algunos niños de edades tempranas hablan con mayor fluidez su lengua materna (frecuentemente náhuatl, amuzgo u otomí), no así el español, lengua en la que se imparten las clases, lo que les supone una traba más en su proceso educativo.

Las aulas no solo son un espacio de aprendizaje para los niños de los campamentos migrantes, son un espacio que les permite interactuar con otros niños, algunos con mayores diferencias que los de su comunidad, pero siendo tan pequeños son capaces de valorar y aprender de lo distinto.

Los niños que comparten aula con los de la población indígena deberían permanecer ajenos a las diferencias que la sociedad ha marcado en los niveles sociales, económicos y culturales y eso haría mucho más fácil y llevadera la estancia y la integración real de los niños de los campamentos.

El trabajo con los niños de campamentos migrantes tiene también claras ventajas pues son, prácticamente lienzos en blanco, unas esponjas que recuperan con franca alegría todo aquello que se les comparte. Si se habla de cuentos, escuchan atentamente y aunque recuperan algún fragmento original, ellos tinten los relatos de un nuevo desarrollo, otro argumento que, según sea la realidad vivida por cada niño va adquiriendo nuevos finales, con frecuencia simples, pero siempre felices.

Los niños de la población indígena que conforman estos campamentos migrantes no tienen celular, no tienen tableta, pero ellos no temen ensuciarse con el barro si con ello pueden dibujar en las banquetas cómo era su casa en su comunidad, cuántos perros y puerquitos tenían. No poseen artículos tecnológicos, pero tienen herramientas como la creatividad, la imaginación y la curiosidad de quienes están aprendiendo del mundo, también tienen la disposición y la humildad para indagar aquello que desconocen y mejorar a través del esfuerzo y la perseverancia.

Sin embargo, la realidad supera los sueños y es que, cuando apenas comienzan a sentir que comprenden mejor los contenidos y la interacción se vuelve mejor con el paso de los días llega el momento de irse de nuevo, sus padres terminan sus temporadas laborales y necesitan migrar de nuevo, y así cada ciclo hasta que crecen y entonces no vuelven más a las aulas, se integran a la vida laboral porque a todos los cambios se pueden acostumbrar, pero trabajar para sobrevivir es su necesidad primaria.

Cuando esto ocurre y tanto niñas como niños dejan las aulas, desafortunadamente, es para no volver. La vida de estos niños cambia desde pequeños, la situación de las niñas no es diferente a los niños pues mientras ellos se integran al trabajo en campo, ellas comienzan a tener las responsabilidades de un ama de casa y deben aprender desde pequeñas a atender el hogar.

Es verdad que el trabajo infantil no es permitido, pero algunos derechos de los niños se violentan justificados por las carencias económicas o simplemente porque no existen programas permanentes que aseguren su educación al menos hasta nivel básico. Porque no es la migración la que frena de golpe la educación de este sector, sino la indiferencia social que solapa la situación.

La autora es Maestra en Intervención Educativa por la Universidad de Colima.
blanca_flor_@hotmail.com